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Todo lo que hay en este blog es literatura. Puede ser interpretada como se quiera, por ende y todo lo que se diga al respecto será respetable y respetado. Es por eso que pido a los lectores y visitantes de este blog que comenten; lo que les parezca, "su opinión nos interesa".



Además me gustaría aclarar que toda la producción publicada en este blog no es mía propia, sino que en todo me ayudó, poco más o poco menos, pero siempre significativamente, Hernán Tenorio.



jueves, 9 de febrero de 2012

Si el tiempo fuera una cosa...


Presa del miedo el reloj se apuró.
INVISIBLE

No pocas veces acontece que un día celestísimo y hermoso se nubla drásticamente amenazando peligrosas e hiperbólicas lluvias y tormentas, granizos o nevadas. Lo contrario pasa con la misma frecuencia: días que amanecen horripilantes y lo que se dice grises y cargados y la más leve brisa espanta la monocromía celestial para volver todo transparente, luminoso y claro.
Es en esos momentos cuando se escuchan expresiones de lo más irrespetuosas y difamatorias como: “¡Qué tiempo loco!”, o la similar “¡Qué tiempo raro!”; también suelen escucharse exclamaciones del estilo de “¡Cómo cambió el tiempo!”.
También es de uso común que en los noticiarios o en los diarios publiquen el pronóstico del tiempo. Y no habrá que olvidarse que cuando la gente quiere referirse a una tormenta de considerable intensidad, dice inequívocamente temporal. Pero ¿qué puede significar temporal? Se me ocurre un amontonamiento de tiempo: viene mucho tiempo asítododegolpe y no llega a irse por las alcantarillas o los desagües del pasado y se inunda el presente, de tiempo. Y si estuvo despejado, y se nubló en sólo un momento, si pasó esto y decimos que el tiempo está loco, si el tiempo puede cambiar así de rápido, ¿por qué no imaginar que su locura lo hizo apurarse y generar un temporal?

Pero claramente no es a esto a lo que nos referimos cuando usamos estas expresiones. Por lo demás, si hubiera un verdadero Pro-Nóstico del tiempo, el futuro no tendría mucha diversión que digamos.

martes, 8 de noviembre de 2011

La carta


¡Ay warmallay warma                                                                              
yuyayhunkim, yuyayhunkim!                                                              
Jhatun yurak’ ork’o                                                                                      
kutiykachimunki;                                                                            
abrapi puquio, pampapi puquio                                                              
yank’atak’ yakuyananman.                                                          
Alkunchallay, kutiykamchu                                                                      
Riti ork’o, jhatun riti ork’o                                                              
Yank’tak’ ñannimpi ritiwalk’;                                                                    
yank’atak wayra                                                                                      
ñannimpi k’ochapaykunkiman.                                                                  
Amas pára amas pára                                                                    
aypankichu;                                                                                          
amas k’ak’a, amas k’aka                                                                    
ñannmpi tuñinkichu.                                                                        
¡Ay warmallay warma                                                                        
kutiykamunki                                                                                              
kutiyamunkipuni! [1]                                        
Canción popular peruana.                                                                        


[1] ¡No te olvides, mi pequeño,/ no te olvides!/ Cerro blanco,/ hazlo volver;/ agua de la montaña, manantial de la pampa/ que nunca muere de sed./ Halcón, cárgalo en tus alas/ y hazlo volver./ Inmensa nieve, padre de la nieve,/ no lo hieras en el camino./ Mal viento,/ no lo toques./ Lluvia de tormenta,/ no lo alcances./ No, precipicio, atroz precipicio,/ no lo sorprendas./ ¡Hijo mío,/ has de volver,/ has de volver!


AL IDIOMA ALEMÁN

Mi destino es la lengua castellana,          
                                 El bronce de Francisco de Quevedo,
Pero en la lenta noche caminada,
Me exaltan otras músicas más íntimas.
Alguna me fue dada por la sangre-
Oh voz de Shakespeare y de la Escritura-,
Otras por el azar, que es dadivoso,
Pero a ti, dulce lengua de Alemania,
Te he elegido y buscado, solitario.
A través de vigilias y gramáticas,
De la jungla de las declinaciones,
Del diccionario, que no acierta nunca
Con el matiz preciso, fui acercándome.
Mis noches están llenas de Virgilio,
Dije una vez; también pude haber dicho
de Hölderlin y de Angelus Silesius.
   Heine me dio sus altos ruiseñores;
Goethe, la suerte de un amor tardío,  
 A la vez indulgente y mercenario;
Keller, la rosa que una mano deja
En la mano de un muerto que la amaba
Y que nunca sabrá si es blanca o roja.
Tú, lengua de Alemania, eres tu obra
Capital: el amor entrelazado 
de las voces compuestas, las vocales
Abiertas, los sonidos que permiten
El estudioso hexámetro del griego
Y tu rumor de selvas y de noches.
Te tuve alguna vez. Hoy, en la linde
De los años cansados, te diviso
Lejana como el álgebra y la luna.
Jorge Luis Borges
en El oro de los tigres, 1972.[2]


[2] En el original, estos dos poemas estaban en dos columnas: uno frente al otro; pero por errores técnicos e ignorancia del autor, tuvieron que quedar uno arriba, otro abajo.

Benito (sus amigos le decían Binu, pero todavía no entramos en confianza, así que por lo pronto es Benito para nosotros) consiguió hospedaje en una pensión en Once. Inmigró a nuestro cuento a principios de los ochenta, pero llegó a la Argentina en el 77, para trabajar en una zafra en Tucumán; por razones que no nos incumben (económicas, sociales, políticas, elijan la que más les guste), a principios de nuestro relato se mudó a la ciudad de Buenos Aires. Decíamos entonces que Benito consiguió un cuarto en una pensión en Once. Lo aceptó por el precio bajo y porque muchos conocidos suyos se habían asentado en esa zona para vender lo que pudieran en las cercanías a Plaza Miserere. Muchas razones le habrían hecho declinar la oferta, ya que el cuarto era muy pequeño, no tenía baño ni ventanas y las paredes y el techo estaban descascarándose por la humedad, la falta de mantenimiento y la antigüedad del edificio. Pero evidentemente Benito consideró que los beneficios eran mayores que los maleficios, si se los puede llamar así. Para hacer una mejor presentación de nuestro personaje, podemos  afirmar que es oriundo de Andahuaylas, Perú, nacido un 24 de octubre de 1960; que quedó huérfano de madre a los 7 años al nacer su hermana menor, trece años antes de mudarse a la susodicha pensión en Once; que es el mayor de cuatro hermanos; que no tuvo ni en su pueblo natal, ni en sus tres años de estadía en Tucumán, pareja estable; a sus diecisiete años y por motivación propia decidió mudarse a Argentina prometiendo (y cumpliendo la promesa) de mandar toda la plata que pudiera a su padre y a sus tres hermanos menores.  Esta decisión no fue fácilmente aceptada por su padre, cuyo orgullo estaba dañado por la propuesta de su hijo, pero también por las causas que habían motivado a Benito a tomar esta decisión: era evidente que con su trabajo no alcanzaba para mantener a los cuatro hijos, y la partida de su hijo lo aliviaba de manera doble: habría una boca menos que alimentar y recibiría algo de plata por mes para alimentar a las cuatro bocas que aún quedaban en la casa paterna. Ambos hombres, al abrazarse profundamente, antes de partir Benito, se prometieron lo mismo: que cuando estuvieran mejor económicamente la familia volvería a unirse: el papá de Benito le dijo que lo iba a traer de nuevo a su pueblo natal y que iban a vivir tranquilamente; por su parte, nuestro personaje le dijo que cuando se asentara en Tucumán (donde ya había conseguido un trabajo), mandaría a buscar a toda la familia para volver a vivir juntos, para volver a empezar, más tranquilamente, en otro país.

lunes, 31 de octubre de 2011

El tocayo


Horacio miró su billetera. Después al bar, un galpón frío, con pocas mesas y muchas ventanas por las que se colaban la luz y el frío del campo; miró a la gente. Después, de nuevo, su billetera. Se acercó a la barra; pidió una ginebra; miró su billetera.
−Acá no se fía. ¿Tenés guita? –Dijo el pulpero, que se había dado cuenta de la cantidad de veces y de la forma en que Horacio había mirado su billetera.
−Por ahora guita tengo; no es eso lo que me falta. Tampoco es lo que busco. – Dijo, rascándose fastidioso la tupida y sucia barba.
−¿Qué buscás?
−En este bar, una ginebra o dos; tal vez más tarde a una persona, pero ahora una ginebra. – Puso la plata sobre la barra. El pulpero la agarró, puso hielo y ginebra en un vaso y se alejó. Horacio miró la billetera; miró el vaso, miró el bar, miró a la gente que estaba sentada cerca de él, una por una: todavía no había ningún borracho; tampoco estaba la persona que él buscaba, cuya foto carnet tenía guardada en la billetera, para que no se le olvidara la cara. Vació su vaso de un trago y pidió otro, esta vez más barato, no por la falta de plata sino para humillarse un poco; necesitaba humillar a alguien. Miró la foto en su billetera. Miró los ojos negros que a su vez lo miraron a él, primero miró fijo el derecho, sus pestañas tupidas, sus hondas ojeras; miró después el izquierdo, lo analizó parte por parte, para recordar cada uno de sus más ínfimos detalles, para adivinar cada gesto.
−¿Esa es la persona que esperás? ¿Tu mujer? – preguntó el pulpero, adivinando la imagen en los ojos de Horacio.
−Un poco varonil para ser mi mujer− respondió Horacio García, ya un poco mareado por el alcohol barato que había tomado, sin levantar la vista de la foto. – Se llama Horacio Benítez; es oriental. Lo estoy esperando; lo estoy buscando.
−Dejame ver si lo conozco. Conozco a toda la gente de la zona, todos vienen acá, todos me deben algo.
−No creo que venga a este lugar. No creo que nunca haya venido. Sabe que yo estoy por acá, sabe que lo estoy buscando. –Miró de nuevo la foto. Miró de vuelta a cada persona del bar. Terminó su vaso con un gesto brusco. Dejó la plata sobre la barra y se fue.
Al día siguiente Horacio volvió al bar.

−Dame una ginebra− Pidió al pulpero. Puso la plata sobre la barra y empezó a tomar de a sorbos su bebida. Miró su billetera, le alcanzaba para uno o dos vasos más. Miró a la gente del bar. Volvió a mirar su billetera. Terminó el vaso y pidió otra ginebra más, de la barata. Palpó el bolsillo de su campera. La pistola seguía ahí. No estaba seguro en ningún lado. Sabía que García lo andaba buscando y estaba cerca. Tendría que hacerle frente. Tenía miedo. No se consideraba una persona violenta. Cuando estaba sobrio intentaba evitar cualquier conversación fuerte, cualquier pelea. Pero hacía siete meses había cometido dos errores: había pagado mal el trago, había matado a una persona. Aquellos días le parecían  inaprehensiblemente lejanos, no tanto por el paso del tiempo sino por uno o dos hechos irrevocables. Y ahora Horacio lo  buscaba para vengarse, a él, a quien sus padres, medio siglo atrás, en otras porciones de tierra, le habían dado el nombre de su enemigo. Curioso destino: matar al hermano de Horacio, una especie de fratricidio disyunto; Horacio, él mismo, su propio reflejo en el charco que llaman Río de La plata, lo está buscando para vengarse. Pero estaba preparado para enfrentarse, para no escapar, para no ser el asesino cobarde; dispuesto quizá a ser doblemente asesino, incluso suicida. Sea como fuere, cuando se encontraran, cuando acabara esta infinita caza, Horacio iba a morir. Iban a asesinar a Horacio, y alguien iba a lograr vengarse, o alguien iba a lograr escapar a la venganza, si es que eso es posible.
−Dame una ginebra− Pidió Horacio al pulpero sin levantar la mirada de la billetera. Miraba la foto, la cara de Horacio Benítez, que ya recordaba más que de memoria pero que no dejaba nunca de mirar. Palpó el bolsillo de su campera; la pistola seguía ahí.
−Dame otra− Sacó de su billetera la plata, apoyándola sobre la barra.
−Dejá. Yo invito. – Puso un par de billetes sobre la barra y miró largo rato a su tocayo. – Brindo por Martín. – Los dos levantaron ligeramente el vaso y empezaron a beber, de a sorbos, vaciando de a poco el contenido de sus vasos. Sin volver a hablar. El hielo sonó simultáneamente en los dos vasos recién vaciados. Benítez se paró primero, asumiendo su responsabilidad, palpando el arma en su bolsillo. García hizo lo mismo, adentrándose primero en la fría noche. Ni el pulpero ni ninguna otra persona del bar pudo comprender  la situación, no pudieron comprender por qué el terror se borró en el mismo instante, de la cara de los dos hombres. Los dos estaban tranquilos, resignados, cumpliendo su destino. No hay lugar para dos Horacios en esta historia.
Días después, cuando interrogaron al pulpero por la muerte de Horacio, éste no supo qué decir. Sólo dijo que, al cerrarse la puerta, escuchó dos disparos y ningún grito.

El mimo


Ya desde chico que Julio era así. A nosotros siempre nos cautivaba. Me acuerdo que mi mamá se preocupaba: siempre la engañaba. A mí no. Yo lo reconocía cuando no era él; no hubo una sola vez que no me diera cuenta. Había algo en su cara, en su forma de reírse, de caminar. Para mí no era un mimo. Era algo más. Cuando éramos chicos, las travesuras. Al principio Julio actuaba y yo lo único que hacía era no delatarlo; después, cuando pude comprender la complicidad, a veces le seguía el juego, a veces aceptaba la presencia de otra persona en su lugar, en su cuerpo, y lo dejaba hacer. La misma pasión que él sentía por la actuación, yo la profesaba por la música. Heredero de montones de discos, casettes y cds por parte de mi madre y abuelo y de una guitarra criolla destartalada por parte de mi padre, desarrollé un potente oído tanto para interpretar como para componer temas propios. Cuando nos volvimos grandes (¿Cómo precisar el momento exacto en que dos nenes, luego dos adolescentes que pasan todo el día jugando, se convierten en dos adultos, si lo único que los distingue es la seriedad con que se toman el juego?), Julio me pedía ayuda, no sólo para interpretar un papel en alguna de sus obras o para pedirme opinión sobre algún personaje, sino también para elegir la música adecuada para cada acto, o incluso para componer alguna que otra canción, que siempre evaluaba con implacable seriedad.
                Cuando empezó a actuar, lo hacía como cualquier chico, y sobre todo para llamar la atención de los mayores. Pero después, alrededor de los siete años, se empezó a notar una actitud diferente frente a lo que hasta ese momento había sido sólo un juego: en su carácter obsesivo y juguetón, en su control de cada expresión, de cada movimiento, de cada sentimiento, había más que sólo un juego. Constantemente creaba personajes y los actuaba. El que más me gustaba era el profesor de facultad: un viejo que se acariciaba los bigotes, siempre con un libro bajo el brazo y una tiza en su mano izquierda; el profesor era zurdo, y eso era lo que más me llamaba la atención: Julio era diestro, pero cuando adoptaba este personaje, manejaba la tiza con su mano menos hábil de una manera asombrosa. Había días en que se pasaba horas metido en su personaje; a veces hablaba, a veces no, pero aunque estuviésemos los dos sentados y en silencio, o escuchando música, yo me daba cuenta de que no era Julio, mi amigo, quien estaba conmigo, sino Anselmo, el profesor, Darío, el lechero, u Osvaldo, el cardiólogo. Incluso había ocasiones en que agarraba mi guitarra o se sentaba frente al piano y me actuaba a mí. Mis papás decían que era una copia exacta, la misma expresión, el mismo éxtasis, la misma indiferencia por el resto del mundo cuando me sumía en mi música. A mí me parecía un poco exagerado, pero claro: yo nunca me vi a mí mismo tocando.

sábado, 24 de septiembre de 2011

La basura de unos es un tesoro para otros.


Hay gente que es muy sabia, muy inteligente, muy elocuente. Un buen ejemplo de eso es mi profesora de Teoría y Análisis Literario. Es un placer ir a sus clases, porque no sólo se aprende montones, sino que, además, suelen ser muy productivas. Es un deleite oírla hablar y, las más de las veces, tira cada frase que te quedás perplejo. Aunque tire frases muy buenas, por lo general, aquellas con las que se queda son las mejores. Por eso es que yo siempre me siento al lado del tacho de la basura que está a dos metros de la puerta. Usualmente no necesito revolver, porque siempre que tira una frase yo me adelanto a la gravedad y la agarro antes de que entre en el cesto; pero cuando llego tarde o cuando estuve distraído durante la clase (cosa que pasa bastante seguido), me quedo hasta el final y, cuando todos se hubieron ido, empiezo a hurgar entre la basura, entre las botellas de plástico semi-vacías, los papeles de alfajores, las hojas de cuaderno y las lapiceras sin tinta, en busca del alguna que otra frase para usar en mis cuentos y siempre pero siempre encuentro muy buenas frases que le dan a mis escritos un toque intelectual, reflexivo, poético, irónico… Por eso siempre voy a estar muy agradecido con mi profesora. Me ayudó a escribir la mayoría de mis cuentos y sus frases están citadas en casi todos, a veces literalmente y otras un poco modificadas.
Por los pasillos de la facultad yo le comento a mis compañeros: “¡Che, tenés que ir a las clases de la Profesora P., tira las mejores frases!”. Y todos están de acuerdo: “La verdad que sí, qué bueno que haya tan buenos profesores en nuestra universidad, tan sabios, tan inteligentes, tan elocuentes, etcétera.” Pero cuando se enteran que uso sus frases en mis cuentos, ahí pierden toda la estima que me tenían por haberles hecho tan buena recomendación y los más gentiles me tratan de cartonero literario, mientras que los más duros me acusan de plagio, robo e incluso de falta de originalidad, a lo que yo les respondo, haciéndome el desentendido y con el tono más altanero posible que la basura de unos es un tesoro para otros. 

jueves, 15 de septiembre de 2011

Fragata Presidente Sarmiento o De la reflexión sobre esas cosas sobre las que no se puede reflexionar sin caer en un círculo-espejo/ojepse-olucríc

Me pareció escuchar en la radio: “¿Quién soy?”; pero imposible: la radio no me habla en primera persona. Seguro lo imaginé.  Pero así comenzó mi viaje, mi inquisición, mi auto-inquietud, si es que no toda inquietud es inquietud de sí.  Y se me ocurrió preguntarme, primeramente, sobre la extraña relación existente entre mí mismo y una nota musical, o una afirmación que también puede ser nota musical y tantas otras cosas, pero como era de preverse esa reflexión sólo llevó a una introspección en la que menos se debatía sobre mi persona que sobre aquellas otras relaciones mucho más interesantes y extrañas como, por ejemplo, la inapelable relación entre las nueces y el ruido; entre los pájaros y las manos; entre la esquina y la lluvia y entre el ocho, unos broches y un culo…
Pero seguro alucinaba, seguro no escuché eso en la radio; probablemente hubiera escuchado Tía Carola, que no sólo es nombre de vieja chota, sino que encima es nombre de solterona, porque es tía y no madre Carola o abuela Carola; aunque tal vez el chota en el “vieja chota” no tenga nada que ver con un pito y sea una metáfora de solterona, aunque parezca medio contradictorio llamar a una persona que probablemente no vea una chota hace décadas, “vieja chota”; parece un poco irónico, aunque si la vieja chota no ve una chota seguro necesite anteojos y un buen macho que se la empome; o no, ya me perdí. Probablemente hubiera escuchado alguna otra cosa en la radio. Mejor no prestarle tanta atención, sobre todo porque tiende a ser bastante aburrida cuando está apagada y desenchufada. “¿Quién soy? Tía Carola.”. Tía Carola la chota, tía Carola.
Mi auto-inquisición, además de haberme hecho dar cuenta de que tía Carola las pelotas, o la chota, que da lo mismo, me llevó a un lugar espeso y licuado; mucho calor, mucha humedad y un galpón a la derecha y las vías a la izquierda. En el medio una calle, rodeada de dos veredas. Yo en la vereda que da al galpón. Yo, sujeto, empírico, sujetado, licuado, encadenado, insubordinado, desordenado, gu-ber-na-men-ta-li-za-do (menta-mental). No sé bien cuál es el alcance de mi discurso y decido reflexionar sobre mis propias limitaciones: INSUBORDINADO. Más que una época, es una actitud; más que una epokhé (epokhe) es yba actitud, lo mismo que ir caminando por una vereda, la vereda que da al galpón, y doblar a la izquierda en una calle con el nombre de un barco con el nombre de un presidente; e ir a ese pueblo, tan lindo, tan bonarense, tan pampeano, tan intelectual. (tal vez en griego ni lo entiendan, así que acá lo transcribo: más que una epokhé (epokhe) es una actitud, lo mismo que ir caminando por una vereda, la vereda que da al galpón, y doblar a la izquierda en una calle con el nombre de un barco con el nombre de un presidente; e ir a ese pueblo, tan lindo, tan bonarense, tan pampeano. (tal vez en griego ni lo entiendan, así que acá lo transcribo:

jueves, 8 de septiembre de 2011

Hay gente loca en el mundo

Un sujeto, un desconocido, una persona, sea hombre o mujer, por la calle lo intercepta y le dice: Buenas noches estimado cómo anda usted y usted fíjese, fíjese que el desconocido le dice eso y fíjese que usted le responde buenas noches desconocido ando bien yo y usted y usted fíjese que usted mismo le responde esta barbaridad al desconocido, usted le dice esta barbaridad al desconocido y el desconocido le pregunta a usted qué barbaridad, de qué barbaridad está usted hablando y usted está hablando de la barbaridad que le dijo al desconocido hace unos instantes y el desconocido no reconoce de qué barbaridad está usted hablando y usted se queda pensando un poco porque no recuerda haberle dicho nada sobre ninguna barbaridad, sino que, piensa usted que fui yo quien dije que usted le decía algo y que, según mi consideración eso que le decía era una barbaridad, pero yo puedo decirle, pudo afirmarle señor, que no fue consideración mía, sino que usted al desconocido, luego de que éste le diga buenas noches estimado cómo anda usted y usted le diga buenas noches desconocido ando bien yo y usted, luego de eso usted le respondió esta barbaridad al desconocido; esas son las palabras que salieron de su boca: esta barbaridad al desconocido.

Un sujeto, un desconocido, una persona, sea hombre o mujer que, por la calle lo intercepta y le dice todo eso no debe estar en sus cabales y es conveniente alejarse en seguida, no vaya a ser que