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Todo lo que hay en este blog es literatura. Puede ser interpretada como se quiera, por ende y todo lo que se diga al respecto será respetable y respetado. Es por eso que pido a los lectores y visitantes de este blog que comenten; lo que les parezca, "su opinión nos interesa".



Además me gustaría aclarar que toda la producción publicada en este blog no es mía propia, sino que en todo me ayudó, poco más o poco menos, pero siempre significativamente, Hernán Tenorio.



sábado, 18 de octubre de 2014

Homenaje

Cuando se agachó para buscar la ramita, sintió que se mareaba y le bajaba un poco la presión. Su nariz, por la debilidad súbita que inundó todo su cuerpo, pero sobre todo las piernas incómodamente flexionadas, se acercó hasta casi tocar el pasto un poco crecido. El mareo le hizo cerrar los ojos un instante y una imagen perturbadora que sin embargo no llegó a reconocer, pasó, sin ser llamada, como un relámpago frente a su consciencia. Cuando los volvió a abrir, aún agachado, no vio más que minúsculos cuerpos marrones oscuros, casi negros, de infinitas formas y variada consistencia, apretados, casi unidos por no se sabe bien qué extraña potencia, magnética o gravitatoria, casi sin espacio entre sí, cubiertos y rodeados de tiras verdes, largas y uniformes, verticales que se alejaban como escapándose o buscando, en otro sitio, quién sabe qué otra cosa que no encontraba en ese lugar. Mientras va sintiéndose mejor, distingue lo que se le presenta no ya como un conjunto de minúsculos fragmentos marrones o negros sin demasiada forma ni consistencia, sino como un continuo, un poco más oscuro y húmedo que hacía unos instantes, del que brotan y crecen unos bastones cuya base es más bien rectangular y cuya punta podría perfectamente ser considerada, y llamada en consecuencia, triangular. Al agacharse y acercarse a la masa marrón oscura que llamaba, sin preguntarse muy bien ni las razones ni los límites de esa nomenclatura, tierra, se dio cuenta de que de ella no brotaban solamente bastones, o tiras verdáceas, algunas más claras que otras, que llamaba sin cuestionar demasiado las razones o la legitimidad de esa nomenclatura, pasto o césped, sino que brotaba también un olor profundo y penetrante del que era imposible precisar exactamente la procedencia, pero que sin dudas venía desde el conjunto que formaban esa masa no del todo homogénea como para merecer un solo nombre, y esos bastones o tiras verdáceas, rectangulares en la base y más puntiagudos los extremos, demasiados para ser llamados en singular. La imagen que se le apareció sin pedir permiso, como un relámpago, recordó ahora, mientras aún estaba agachado porque había tenido, hacía no más de uno o dos segundos, la intención de levantar una ramita que había visto en el suelo y que pensó que podía llegar a serle útil, y había actuado al respecto encorvando un poco las piernas y la espalda, agachando el cuello y la cabeza, y extendiendo un poco la mano derecha, era una imagen de su niñez. En su cabeza, o donde sea que hubieran aparecido esas imágenes, ahora veía, nítida, la imagen de su madre, con una manguera en la mano. Recordaba, o creía recordar, ya que la imagen se había presentado tan impredecible y fugaz como un relámpago, que ésta era la reproducción de una situación de su niñez en la que él, castigado por no recuerda qué travesura, veía desde la ventana abierta de su habitación, en una calurosa tarde de verano, a su madre con una manguera en la mano, regando las plantas del jardín. Recordó, entonces, o creyó recordar, que aquel olor que subía desde un sitio imposible de precisar tanto entonces, cuando él era niño, castigado por no recuerda qué travesura, como ahora, siendo un adulto que se agachó para recoger una rama del suelo, que aquel olor, decía, era, si no el mismo, ya que sería imposible asegurarlo, muy similar al que ahora exhalaba aquel conjunto extraño e indefinible marrón y verdáceo, a veces más claro y seco, otras más oscuro y húmedo, que llamaba sin preguntarse el fundamento y sin demasiada precisión, tierra y pasto, o, siendo un poco menos específicos, jardín.
                Colocó la ramita recién recogida sobre la montañita de ramas, papel de diario y carbón que se apilaba sobre la estructura de ladrillos. Buscó en sus bolsillos y, con un chasquido hábil, habituado a la acción por repetirla al menos 15 veces al día, giró, con el dedo gordo, la piedra, haciendo que ésta generara una chispa, inmediatamente antes de que el mismo dedo, en su contracción ininterrumpida, presionara, como automáticamente, el botón negro que libera el gas inflamable, causando una explosión, primero, y una llamarada constante, después. Acercó el encendedor al papel de diario y, sin dejar de presionar, lo acercó también al cigarrillo que ya tenía sujeto entre los labios a la vez que aspiraba, absorbiendo el humo generado por el papel y el tabaco a unos centímetros de su cara, pero también por las maderas que ya empezaban a crujir y a humear desde la parrilla. Exhaló el humo y ese gusto un poco salado, en su boca, esta vez, por más que hubiera querido e intentado con toda su voluntad, no le remitió a nada.

lunes, 13 de octubre de 2014

Nadie nada nunca. Juan José Saer

Nadie nada nunca es una novela de Juan José Saer, escrita entre 1972 y 1978, y publicada por primera vez en México en 1980. Cuenta, en 222 páginas, muchísimo más de lo que parece contar, y muchísimo menos de lo que uno esperaría que cuente en esa extensión una novela normal. Y es que esa es la poética y la estética (el estilo, en una palabra) de Saer: narra desde distintos puntos de vista, con distintos narradores, incluyendo o excluyendo acciones, contando con menos, con más o con muchísimos más detalles, un fin de semana en la vida del Gato Garay, recluido por no se sabe bien qué razones (no se sabe si se está escondiendo, si es un ermitaño, si está de vacaciones; lo cierto es que en todo el fin de semana, sale solamente en una ocasión y por muy poco tiempo) en una casa en la costa de Rincón Norte, cerca de la ciudad de Santa Fé. El Gato es un  personaje interesante, que tiene otras apariciones en la obra de Saer (o desapariciones: casi siempre figura como una persona que ya no está) y del cual, por haber leído Glosa (1985) y otras novelas o cuentos, ya conocía su destino: fue secuestrado por los militares en aquella casa en la costa de Rincón Norte, presumiblemente poco tiempo después de terminada la narración de la novela. Y es que esta novela no narra ese secuestro ni, siendo estrictos, lo deja suponer. Es cierto que hay símbolos del malestar político de la época: se cuenta que desde hace unos meses un asesino de caballos viene actuando en la costa del Río Paraná, ensañándose con ellos, pegándoles un tiro en la cabeza y después descuartizándolos. Es un escenario extraño, alegoría de la situación del país en ese momento. Pero el Gato, Elisa, Tomatis, incluso el bañero (un guardavidas que trabaja cerca de la casa donde habita el Gato), aparentemente continúan el curso normal de sus vidas, sin prestarle demasiada atención a estos hechos delictivos, un poco negligente, un poco cínicamente; el único que lo hace es el Ladeado, quien deja a cuidado del Gato su bayo amarillo para protegerlo del asesino de caballos; el Ladeado, personaje que ya apareció antes en El limonero real (1974), quien está siempre preocupado por “que no aparezca, súbita, silenciosa, la mano con la pistola, y que no apoye el caño, despacio, en la sien inocente. Que no retumbe la explosión”, y quien todo el tiempo está pensando “en que no se haya, la noche anterior, levantado, despacio, la mano con la pistola, en que no se haya apoyado, con suavidad, en la cabeza amarillenta, en que no haya retumbado, súbita, llegando incluso hasta las islas, la explosión”.


jueves, 2 de octubre de 2014

El criador de Gorilas. Roberto Arlt

El criador de Gorilas es un libro de Roberto Arlt, cuyos relatos transcurren en su totalidad en África, y reflejan las costumbres islámicas de los pueblos del norte del continente y las de los pueblos del África negra. Es un libro sorprendente; la verdad es que personalmente nunca hubiera esperado estar frente a este tipo de narraciones, ni a este tipo de paisajes o escenarios, al sentarme a leer un libro del mítico escritor de Flores.
                Al leerlo, vinieron a mi cabeza algunas lecturas de mi adolescencia, que no podría especificar con claridad; recuerdo libros que me generaban extrañeza ante costumbres desconocidas, casi fantásticas, y me atrapaban con aventuras en territorios exuberantes y salvajes. Pienso en Stevenson, en Swift, en London, en Verne, en lo que imagino que serían Defoe o Melville; pero también en algunos escritores latinoamericanos como Quiroga, Carpentier, García Márquez, y seguramente muchos otros que no me acuerdo ahora mismo, pero que supieron describir el continente ingenuamente poblado de misterios, de magia, de selvas infinitas, de animales temibles, de tribus salvajes y peligrosas.
                Repito que es un libro que me sorprendió para bien. Siempre imaginé a Arlt relacionado con la literatura urbana de Buenos Aires, con Borges indefectiblemente, con Marechal, con Piglia, a veces con Cortázar, otras con Walsh, seguramente con muchísimos otros que no puedo enumerar ahora. Pero me desencaja releerme relacionándolo con los autores nombrados más arriba: ¿Qué tienen en común el metálico y asfaltado Arlt con el aventurero Stevenson? ¿El fraudulento y traidor Arlt con el fantástico y selvático Quiroga? Me va a costar muchísimo (si es que alguna vez lo logro) relacionar a este Roberto Arlt, africano, criador de gorilas, vendedor de especias, gastador de turbantes, con el que tengo tan plasmado desde hace años, el Roberto Arlt de Los siete locos, Los lanzallamas, El juguete rabioso o El jorobadito. Y sin embargo, cuando comencé a leer los cuentos de este libro tan extraño a mis expectativas, todavía sujeto a mis prejuicios, intenté encontrar en los relatos algo, cualquier cosa que me permitiera volver a traer a Arlt a donde pensaba que pertenecía: salvarlo de violentos secuestros a las puertas de Fez, de confusas hipnosis en manos de un brujo en Rabat, evitarle un paseo por la selva africana para salvarlo de sucumbir ante la enfermedad del sueño, o disuadirlo de ir a buscar hasta un lugar recóndito de la jungla la más hermosa y valiosa orquídea, hacerlo ir por tierra, como dice en alguno de sus cuentos, hasta Casablanca y de allí, tomar un barco a Buenos Aires; al intentar hacer eso con este libro tan particular, decía, pude encontrar en la mayoría de los relatos cierto aire borgeano. En parte por la fascinación ante la cultura islámica, por los nombres ancestrales del profeta y del Dios, por los religiosos seguidores del sagrado libro del Corán, respetuosos de Alá, los sabios de barba hasta el estómago, conocedores de rituales milenarios. Eso me hizo acordar a Borges, por un lado. Por otro, porque en casi todos los cuentos de este libro aparece un narrador que empieza contando algo que le pasó alguna vez en la que se cruzó con una persona interesantísima que le contó la historia que nos pasa a relatar. Y en este libro eso se exacerba hasta tal punto que uno de los últimos cuentos narra una historia dentro de la cual el personaje se encuentra a otro que le cuenta algo que le pasó siendo muy joven, cuando se encontró con una tercera persona, esta vez una mujer, que le contó su historia. Así, hubo una historia dentro de una historia dentro de una historia dentro de este peculiar libro de Roberto Arlt. Esa estructura de un relato dentro de otro, un relato oral dentro de un cuento escrito, es muy caracterísitica de Borges y, no cabe duda, de muchísimos otros escritores. Pero yo pensé en Borges, y en nadie más. Pensé en Borges porque precisaba devolver a Roberto Arlt a la ciudad, a Buenos Aires o Temperley, a las conspiraciones, los robos, las traiciones, la moneda falsa y la mala traducción de los clásicos rusos; volver a relacionarlo con esos nombres que están en mi cabeza junto a él; los mismos que figuran en los libros que están junto a los suyos en mi biblioteca.


miércoles, 11 de septiembre de 2013

Cuento

El subte iba vacío, o casi vacío. La sensación de vacuidad se veía potenciada por el momento del día y de la semana: eran las seis menos cuarto de un martes, horario en el que la línea A suele ir abarrotada de gente; pero ese día en el vagón rumbo a Carabobo, habría dos o tres personas. En la estación Sáenz Peña bajaron una o dos, dejando el vagón ocupado por una sola persona, a la que por comodidad podríamos llamar Juan, o José, o Luis, pero que siguiendo razones un poco más complicadas e inescrutables que la de la simple comodidad (la verdad, acaso, o alguna otra), vamos a llamar Evaristo. Esta persona, que quedó sola en un vagón de subte de una línea de subte de una ciudad de Argentina, que casualmente es su capital, en una hora en la que por lo general suele ser pico y provocar el abarrotamiento de la gente en los susodichos vagones de la susodicha línea de la susodicha ciudad, esta persona, decíamos, no se asombró. Lo que pasaba por su cabeza es un misterio, pero podemos suponer que pasaban imágenes de ríos y de personas charlando, sentadas en puentes, sobre literatura, o sobre eventos pasados. Esta suposición se deriva de que Evaristo estaba sumido en la lectura de una novela, y prestaba menos atención a los eventos a su alrededor que a los firuletes negros, cargados de significados, sobre las páginas blancas del libro que sostenía entre sus manos, sobre su regazo. “El movimiento continuo descompuesto”, decía en el libro, y mediante una inefable causalidad, esa frase se repitió milésimas de segundos más tarde en su pensamiento, o al menos eso pudo haber pasado, en el momento en el que sonó la chicharra que anunciaba el inminente cierre de las puertas del vagón. Cuando este cierre empezó a tener lugar, un hombre bajito, de barba, vestido con una camisa larga y suelta, gris y pantalones marrones de corderoy, pana, corduroy o cotelé (elija cuál le gusta más, son todos más o menos lo mismo), mocasines igualmente marrones, tal vez un poco más claros y de color más gastado que el del pantalón, entró apurado al vagón. Tampoco a él le sorprendió el hecho de que el vagón estuviera vacío en la hora pico. Sorprendente esta carencia de sorpresa por parte de ambos. Este segundo personaje fue a sentarse, directamente y sin dudarlo, a unos metros de nuestro ya conocido Evaristo, quien levantó un segundo la vista de su libro, le dio una rápida mirada, con una disimulada sonrisa que intentaba transmitir una especie de saludo o algo así, a nuestro segundo personaje recién ingresado tanto al vagón como a nuestra historia. No se le ocurrió preguntarse a Evaristo qué razones movían a esta persona desconocida para ir a sentarse tan cerca suyo teniendo un vagón entero con sus respectivos asientos vacíos, a su disposición. Ciertamente no le importaba: le quedaban un par de estaciones y quería avanzar con su lectura.

sábado, 20 de abril de 2013

Goma Eva


Estuve pensando mucho últimamente. En cualquier momento me voy a morir. Las enfermeras recibieron órdenes de Perón y del Dr. Ara y cada noche antes de dormirme, de aplicarme la última inyección de morfina, me pasan desinfectante y untan toda mi piel con una crema, como un gel, siliconada y muy olorosa. A veces dudo incluso y pienso que la inyección de morfina es formol (formina, morfol), porque ese es el olor de la crema, y ese es el olor que hay en el cuarto. Ese es el olor de mi cuerpo últimamente.

Estuve pensando en lo que dijo Perón. Sobre todo después de haber tenido un sueño terrible ayer a la tarde: veía al Dr. Ara desde Arriba.
Él estaba trabajando manoseando toqueteando interrumpiendo algo.
Lo hacía con pasión y delicadeza. Yo estaba como flotando.
   Desde Arriba.
Y veía la nuca; su cabeza agachada apuntando al objeto trabajaba.
Yo flotaba, él trabajaba, un objeto, al que mirAra apasionAramente.
Él trabajaba; y de un golpe
                                                   la puerta. ‘Sí, mi general, está casi lista’
                                                   la muerta. Sí, mi general, está casi lista
                                            la p la m la Huerta la Duarte la Puerta
decía el trabajador 
sobre objeto apasionado trabajando sobre objeto general.
El general (que no era Perón) se retiró sin observar un cuerpoobjeto.
 Ara con tijeras y escalpelo. Ara con químicosjeringas Arando Aridandantemente sobre un Ala sobre un cuerpo una pasión. Ara desde Arriba.
Aratrabajandoconpasiónsobreunobjetounamuñecaunanenadegoma.
Yyoquenoveíaelobjetolamuñecala                         nena-de-goma. 
Veía la nuca apasionada trabajosa sobre objeto.
                                                                                      El Dr. que trabaja sobre camilla sobre cuerpo.
                                                                                      El Dr. que se baja bragueta.
                                                                                      El Dr. que se para sobre camilla y mea con chorro largo, inacabable dentro de boca de
objetomuñecanenadegoma.
Después se acuesta sobre ella y empieza con adivinables movimientos,
reiterados ingresantesretirantes reiterados. Pocos minutos serán suficientes.
Se baja de camilla y se sube de bragueta
                                                                           y la puerta y ‘Sí, mi general, ya está lista’.
Y el General Noperón entra, ve el cuerpo y dice: ‘Lo felicito Dr. Ara. Es igual al original; tal vez haga falta más violarla un poco más,     
                                                                          No esto, prolonghar el sufrimiento
pero no se haga drama, yo me encargo de eso’
pero no se haga dama yo me cargo esedeseo
‘Sí, mi general’. Y se retiran Ara y Noperón y quedo
              
                                                                            Yo
                                                             Flotando
                                                       sobre mi cadáver  
                                                objetomuñecanenadegoma

y el cadáver sin vida, porque la vida soy yo y estoy acá arriba flotando,
abre los ojos
                        y son mis ojos
                                                     los que me miran
                                                                                       y yo me miro
                                         a los ojos

y me prometo que no lo voy a permitir.”

jueves, 21 de junio de 2012

jueves, 26 de abril de 2012

El detective salvaje


−Tiene un balazo en el pecho, y eso usted no lo puede negar.
−Si esa fuera mi intención, yo podría desplegarle toda una serie de argumentos muy ciertos que lo convencerían de que no es así, pero hoy estoy de mal humor para refutarlo, así que digamos que tiene, innegablemente, un balazo en el pecho.− Encendió un cigarrillo, puso una mueca de asco y lo tiró al piso. Antes de llegar a pisarlo, Ramos lo levantó y se lo llevó a los labios.
− ¡Sacrílego! ¡Con lo caro que están los puchos! – Chupó profundamente, puso cara de placer y exhaló el humo. −Un balazo en el pecho y magulladuras en la cara y en los brazos: claros indicios de pelea.
− Podría plantearle miles, no infinitas por la simple razón de que nuestra vida es finita, situaciones en las cuales las magulladuras en la cara y en los brazos no fuesen producto de una pelea, lo cual vendría a demostrar la falacia de su deducción, pero no estoy de humor; admitamos que peleó con su atacante antes de que éste se decidiera a sacar el arma con la cual disparó.
−Por lo que indican los rastros de sangre, uno podría llegar a pensar que la víctima no murió inmediatamente, sino que intentó conseguir ayuda luego de que su atacante escapara.
−Me gustó el inicio de su frase, poniendo en duda el carácter inapelable de sus elucubraciones, pero ya tenía que cagar la fruta con toda la paparruchada que se mandó después: ¿qué características intrínsecas a la mancha de sangre le hacen pensar que el desplazamiento del finado fueron para conseguir ayuda y no, por ejemplo, un vaso de agua (como el que está aquí, en este momento, muy al alcance de la inerte mano del cadáver) o para agarrar el control remoto (que, salvo que usted lo haya cambiado de lugar, también está sobre la misma mesa en la que se encuentra el vaso con agua y también a una distancia accesible si el doliente hubiese querido o podido estirar el brazo)? Por lo demás, tampoco hay nada que denote que el atacante haya escapado antes de que el baleado decidiera moverse. Bien podría haber ocurrido que ambos, víctima y victimario, asesino y asesinado, luego del balazo, hubieran sentido deseos de ver el partido de Lanús, o Two and a half men, y sobre eso, la mancha de sangre no se pronuncia: ni nos dice que sea falso ni que sea cierto. Pero admitamos su hipótesis, ya que mi mal humor junto con mis esfuerzos por demostrarle su ineptitud ya me están causando un fuerte dolor de cabeza. – El detective Penelas se tomó la frente con gesto de dolor e impaciencia. Buscó en el bolsillo de su sobretodo una aspirina, pero sólo encontró su pistola.
−En lo concerniente al motivo, luego de un paneo inicial descartamos la idea de un robo, ya que no faltan ni plata ni joyas. El más que relevante dato de que el finado perteneciera a la Policía Federal nos hace pensar con más énfasis en la idea de una venganza, o un ajuste de cuentas. Probablemente de algún criminal recientemente liberado que fue a prisión por culpa suya, o de algún grupo mafioso cuyo jefe hubiera sido encarcelado por él.
−Estoy verdaderamente harto. No sé si es el dolor de cabeza lo que me hace más susceptible a sus estupideces o son sus estupideces las que me hacen más susceptible al dolor de cabeza, pero esta vez, y sin pensarlo demasiado, le voy a sugerir una hipótesis para nada descabellada que pone en cuestión todos sus razonamientos: se sabe que el sargento Federico Ariel Alonso murió ayer a las 20:37 horas en su domicilio, en este mismo departamento. Eso es lo que se sabe hasta ahora. Todo el resto son hipótesis consistentes con los hechos, pero que, al igual que la hipótesis que le voy a sugerir en seguida, no se deducen lógicamente de éstos. Supongamos que el sargento estaba ayer en su casa, que se sirvió un vaso de agua y se sentó en ese sillón, el que está frente al televisor, dispuesto a descansar después de un largo día de trabajo. Supongamos, también, que cuando estaba a punto de encender el aparato de televisión, sonó el timbre de su casa, y que era un compañero de trabajo, imaginemos que era un superior suyo, un comisario, o un detective. No es inverosímil que hayan hablado sobre algún caso que estuvieran investigando, pero tampoco lo es que hubieran tenido una discusión sobre si ver el partido de Lanús o Two and a half men cuyos horarios, ayer, coincidían: ambos empezaban a las 20:30. Se sabe que el capítulo de la famosa serie estadounidense era un estreno, y un capítulo esencial según mostraban los adelantos en la propaganda; pero también se sabe que el partido de Lanús era indispensable, ya que el equipo venía jugando muy bien, y era un partido por la copa Libertadores; si Lanús perdía, quedaba fuera de la copa. ¿Hasta acá me sigue, Ramos?
−Sí, lo sigo. No entiendo bien el motivo de su historia, pero conociéndolo, asumo que tendrá alguna moraleja o alguna lección, así que por favor continúe.
−Otro razonamiento falaz: no hay nada en lo que yo dije de lo que se desprenda que habrá alguna moraleja o lección. Voy a seguir porque ya me entusiasmé, pero si por mí fuera, los mandaría a usted y al asesinato a la puta que los parió y me iría a mi casa a ver Dr. House, que ya debe estar por empezar; y encima el dolor de cabeza… ¡Ay!
− ¿Dr. House? ¡Pero si hoy juega River, Penelas!
−River me chupa dos docenas de huevos, Ramos. Déjeme seguir. Ambas propuestas televisivas eran interesantes, pero dado que sólo hay un televisor en esta casa, asesino y asesinado pelearon a muerte por la obtención del control remoto, y por lo tanto, del poder de decisión sobre lo que se vería. De ahí vienen las magulladuras (no es inconsistente pensar que el asesino también tendrá signos de lucha en su cuerpo). Sin embargo, ambos son policías, y se sabe que los policías portan armas, aún cuando están fuera de servicio.
−¿No tiene calor con ese sobretodo? ¡Hacen como treinta grados! Y vaya terminando la historia, que está por empezar el partido. Si no voy a tener que poner el partido y verlo acá mismo.
−Sí, la verdad que sí hace calor. –Penelas se sacó el sobretodo, dejando ver en sus brazos que la remera de mangas cortas no alcanzaba a tapar, fuertes magulladuras y arañazos aún no cicatrizados. –De cualquier forma, si fuéramos a ver algo en este departamento deprimente, no sería a los muertos de River, sino que al excelentísimo Dr. House. ¿Puedo seguir? ¡Ay, mi cabeza!
−Continúe, por favor.
−Decía que habría rastros de la pelea en los brazos del asesino, quien seguramente se llevó la peor parte porque muy probablemente por su dolor de cabeza, o por ser mucho mayor que el fallecido, finalmente tuvo que desistir del combate manual en el que seguro iría perdiendo y hacerse de su pistola, que podría haber estado al alcance de la mano, digamos en el bolsillo del sobretodo, para pegarle, certero y con infalible puntería, un balazo en el pecho. –Antes de que Penelas terminara su discurso, Ramos ya había encendido la tele y había puesto el partido de River que, a los cinco minutos del primer tiempo ya iba ganando uno a cero. − ¿Qué hace, Ramos, mirando a estos muertos? Por favor, ponga Dr. House.
−No. Se lo ruego, Penelas. Veamos esto, mire, ya van uno a cero, va a ser un partidazo.
−No se lo voy a repetir. Deme el control, no sea tarado. –Penelas se abalanzó sobre Ramos quien no tenía intenciones de soltar el control remoto, por lo que comenzaron a pelear violentamente.
Alejándose, sintiéndose vencido, Penelas dijo: −Ya estoy grande para estos jueguitos de manos.− Sacó la pistola del bolsillo del sobretodo que había apoyado al alcance de sus lastimados brazos y le apuntó al pecho de Ramos.
−¡Entonces fue usted! ¡Usted mató a Alonso!
−¡Jaja! ¿Se la creyó, Ramos? ¿Se creyó toda la historia? – Se río Penelas, guardando el arma de nuevo en el bolsillo del sobretodo, con una sonrisa soberbia en la boca. – No tengo la más puta idea de quién mató a este gil. ¿Pero usted se da cuenta de lo estúpido que es? Era joda, Ramos. ¿Cómo no voy a querer ver a River? Venga, siéntese, corra un poquitito el cadáver. ¿Quiere un cigarrillo?