.

Todo lo que hay en este blog es literatura. Puede ser interpretada como se quiera, por ende y todo lo que se diga al respecto será respetable y respetado. Es por eso que pido a los lectores y visitantes de este blog que comenten; lo que les parezca, "su opinión nos interesa".



Además me gustaría aclarar que toda la producción publicada en este blog no es mía propia, sino que en todo me ayudó, poco más o poco menos, pero siempre significativamente, Hernán Tenorio.



viernes, 22 de abril de 2016

Historia argentina. Rodrigo Fresán

“¿Cómo empezar —porque todo tiene su principio— la historia que servirá de respuesta?
Ya sé. Lo mejor es atenerse a las convenciones del género, pisar terreno seguro, allá vamos.
Había una vez…”
 “La vocación literaria”. Fresán

Rodrigo Fresán siempre te descoloca. Lo quieras o no, lo consientas o no, te descoloca. Como ya me pasó al leer Mantra (http://ivanbarbagallo.blogspot.com.ar/2015/02/mantra-rodrigo-fresan.html) y La parte inventada (http://ivanbarbagallo.blogspot.com.ar/2015/06/la-parte-inventada-rodrigo-fresan.html), al terminar de leer Historia argentina (1991) y sentarme a escribir esta breve y poco rigurosa reseña, me encontré nuevamente ante la dificultad de catalogar o definir este libro.  Es cierto que es su primer libro de ficción, y que los procedimientos que más adelante estarán mucho más definidos y más sueltos, acá asoman con un poco de timidez, como pidiendo permiso. Sin embargo uno siente siempre una libertad, una heterodoxia, una originalidad y frescura que no espera de un autor que no tiene el reconocimiento que debería (como me decía aquel vendedor extático: “La gente no sabe lo que es Fresán, no conoce a Fresán”.) Los anteriores libros que mencioné, Mantra y La parte inventada están catalogados como novelas, aunque en realidad están formados por un montón de fragmentos (¿cuentos?) de mayor o menor duración, mayor o menor autonomía del resto de los fragmentos. Es cierto que su cohesión es absoluta, y que forman un todo coherente, como si cada fragmento contribuyera desde su lugar a darle sentido a una trama ulterior, enorme, sólo abarcable (siempre de forma incompleta) por fragmentos.
La editorial Planeta cataloga indefectiblemente Historia argentina como libro de cuentos. Y no hay dudas, ¿o sí?: cada una de las partes que comprenden este libro, son cuentos, señoras y señores. Cuentos, cuentos con todas las letras. Y cuando uno empieza a leer, tampoco lo duda: la primera historia trata de un muchacho al que, para castigarlo por su fanatismo por Mickey Mouse, su familia mandó a trabajar en un restaurante londinense durante la guerra de Malvinas; la segunda, de dos incomprendidos y adelantados padres de la patria en aquella época fundacional; la tercera, sobre un encuentro amoroso muy particular. Y así uno va leyendo los cuentos como entidades autónomas, independientes, autosuficientes. Son todos cuentos, lo que se dice cuentos, lo que uno llama cuentos. Historias breves, separadas, independientes, unidas en un libro por algún criterio oculto que se nos escapa.

viernes, 25 de marzo de 2016

¿Por qué el otoño me gusta tanto?

“Si dejo elegir a mis pies, me llevan camino del mar”. Siempre que escucho esa canción, pienso que si yo dejara elegir a mis pies, me llevarían a buscar un otoño fresco en el campo, cerca de un fuego. ¿Por qué el otoño me gusta tanto? ¿Qué fue lo que pasó un abril fresco y algo nublado, algún día de mi infancia o adolescencia? ¿Dónde?
Sensaciones que constantemente me llevan a ese día idílico y probablemente inexistente, inventado en mi cabeza (seguramente a base de literatura):
El olor del campo en general, el frescor, la sensación de tener las manos y la nariz frías por la mañana, el sol débil y tibio entrando por una ventana, iluminando partículas de polvo que flotan en el aire a su antojo, el olor a humo, a fuego, el crepitar de las hojas y las ramas secas, el olor y el sabor del mate amargo, una casa vieja en un paisaje rural, el sonido algo crujiente de los pasos sobre el piso de tierra, el olor, el ruido y la sensación húmeda que deja la lluvia al retirarse, el sonido suave del agua del río fluyendo, o el chapoteo del agua de una laguna o del Río de La Plata al golpear contra los bordes de algún muelle.
Todas sus variantes, sumatorias y combinaciones sirven para generar en mí el mismo efecto placentero.
Me di cuenta de que constantemente intento reproducir esas combinaciones, tanto en la realidad como en los libros que leo y en la música que escucho. ¿Por eso me gustan tanto Saer, Tizón, Di Benedetto, Fandermole, Carlos Aguirre, Drexler? ¿De ahí que prefiera los paisajes semirrurales de Borges antes que los urbanos de Arlt? ¿De ahí que prefiera el folklore por sobre el tango? ¿De ahí mi desprecio por la capital y mi idealización y añoranza constante de lo rural, de la pampa vacía e infinita, homogénea y hasta aburrida?
Entre Ríos, Fray Bentos y Punta Indio como lugares paradigmáticos: río, campo (y fuego).

Releyendo, pienso que tal vez a todo el mundo le guste lo mismo, y el día idílico que busco reproducir constantemente no sea individual, sino un día idílico de la humanidad toda.

martes, 8 de marzo de 2016

Los ojos de Greta Garbo. Manuel Puig

Es cortito. Es simple. Es póstumo. Es una excusa para hablar de cine en una revista de cine. Y sin embargo, es Puig en su máxima expresión. Puig condensado. Puig sin diluir. Un sobrecito de jugo Puig.
Empecemos por el final: el libro termina con dos artículos, uno sobre Dolores del Río, “Una actriz y sus directores”, y uno sobre la relación entre literatura y cine desde la experiencia de Puig, “El fin de la literatura”. Sobre el primero, no puedo decir nada. No conozco a Dolores del Río, ni a ninguno de los directores que se nombran. Sólo pude sacar en limpio de este artículo la admiración que sentía el escritor por esta actriz, y por sus películas. El artículo que cierra el libro, “El fin de la literatura”, es una excelente comparación entre la experiencia estética de la lectura y la de la visualización de películas. Empieza negando la premisa de que el cine o la televisión van a acabar con el hábito de la lectura. Explica qué es lo que tiene la literatura que hace que sea un género radicalmente diferente del cine: el libro puede esperar, el lector puede volver atrás, puede pausar la lectura y reflexionar, pensar, intentar entender. En cambio, con una película (vista en una sala de cine, se entiende) esto no es posible. Si se te escapó un detalle, se fue, se perdió. No hay chances de dar vuelta la página y volver a ver qué fue eso que pasó por la pantalla tan fugazmente que tus ojos no percibieron y tu atención no retuvo. Además marca la diferencia entre la literatura y el cine desde su experiencia personal de escritura: “Yo no decidí pasar del cine a la novela. Estaba planeando una escena del guión en que la voz ‘en off’ de una tía mía introducía la acción en el lavadero de una casa de pueblo. Esa voz tenía que ser de unas tres líneas de duración, al máximo, y siguió sin parar unas treinta páginas, no hubo modo de hacerla callar [Terminó siendo un capítulo de La traición de Rita Hayworth, tengo entendido.] (…). Creo que lo que me llevó a ese cambio de medio expresivo fue una necesidad de mayor espacio narrativo. (…) El cine exige síntesis, y mis temas me exigían otra actitud  (…)”.

Los cuentos —ninguno de más de diez páginas con márgenes exageradamente grandes— son pequeñas muestras de la estética y la idiosincrasia de Puig. La contratapa nos hace un muestreo de los personajes que habitan estas historias: “un viejo emigrado italiano sueña en la Argentina una videoteca de obras maestras del neorrealismo (…). Una famosa actriz del pasado reconoce, sin ocultar sus celos profesionales, el extraordinario talento de la olvidada Isa Miranda (…). Dos maricas, que viven pendientes de la vida de las estrellas de cine, se conmueven hasta las lágrimas hablando de Silvana Mengano (…). Greta Garbo se le aparece al cineasta Max Ophüls que (…) muere en un hospital”. Es imposible no ver en este repertorio, en estas tramas resumidas, la obra novelística entera de Puig; es imposible no “leer” en estos cuentos, La traición de Rita Hayworth, Boquitas Pintadas, El beso de la mujer araña, Pubis angelical, o cualquier de ellas. Novelas siempre repletas de dramas cotidianos, de chismerío pueblerino, de maricas y de divas de cine. Si no supiera que fueron escritos en 1990 muy poco antes de su muerte, diría que es el germen, la preparación necesaria para sus novelas. Pero teniendo este dato, se puede adivinar que esto es Puig completamente condensado y sin diluir. Puig acotado. Puig sin ese mayor espacio narrativo que lo hizo buscar en la novela su género narrativo predilecto.


lunes, 1 de febrero de 2016

Augurio

El sol se cuela por un agujero de la chapa del techo e ilumina a la araña que, descubierta en mitad de su telaraña, intimidada, se precipita a su nido en un huequito de la pared. El sol es débil, y cada día que se aleja el verano y se adentra en el otoño, se debilita más. El haz de luz pasa como mojando a la translúcida telaraña y va a asentarse, metros más allá, sobre el tejido de lana blanca. El agujero de uno o dos centímetros es circular, y el rayo que lo atraviesa toma su forma pequeña y algo ovalada. Su luz casi no calienta. Pero atraviesa la chapa, la telaraña, el aire silencioso y polvoriento de la mañana y va a recostarse, cansinamente, sobre el tejido de lana blanca que se menea y contonea bajo el movimiento suave, lento pero continuo, de los brazos y las agujas. El tejido blanco y todavía demasiado germinal para ser algo más que un par de hilos enrevesados y promisorios, se vuelve reverberante y con su movimiento y su luz ilumina la cara esperanzada y joven de la tejedora.  Su cara no desvela ningún sentimiento: esos quedan dentro suyo, igual que el nombre de aquel hombre especial que otros intuyen y nadie conoce. Por la pantalla detrás de su frente pasan imágenes crueles y sentimientos turbulentos, pero ella los interrumpe voluntariamente, a su antojo y las transforma en melodías familiares, de sosiego y calma. Transforma las imágenes tensas y vibrantes en felices melodías de pájaros cantando, de fuego crepitando en el horno del pan, de agua brotando de lo hondo de la tierra hacia la superficie. Levanta la vista de su tejido blanco y luminoso. Contempla la casa tranquila como nunca: todos salieron y ella prefirió quedarse, tejer una bufandita previsora. La silla donde está sentada es incómoda. Baja los brazos, alivia la tensión monocorde y repetitiva del tejido. Siente una ligera suavidad en el vientre. Una caricia tibia. Levanta la mirada y ve cómo el sol se cuela por un agujero de la chapa del techo, roza como mojando una translúcida telaraña, atraviesa el aire silencioso y algo polvoriento de la mañana y se posa, delicado y tibio, débil, en su vientre. Se mira, contempla el circulito luminoso sobre su panza. Siente náuseas. Por la pantalla detrás de su frente pasan imágenes crueles, sentimientos turbulentos. Los disipa voluntariamente. Para dejar de pensar, retoma las agujas. El sol vuelve a reverberar sobre la lana blanca y a iluminar indirectamente su rostro. Reemprende el clac clac clac de las agujas golpeándose, rozándose mutuamente. Recomienza el tejido.

viernes, 8 de enero de 2016

Vestido amarillo

Desde atrás, ella veía una figura un tanto deforme: el óvalo brilloso como pulido, la nuca rolliza y redonda, apenas regada de unos pelos grises; el cuerpo enorme, hinchado y con forma de pera enfundado en la sotana negra; el trasero moviéndose exuberante conforme avanzaba por el pasillo hacia la parte de atrás de la iglesia.
—Sabés que El cantor es un pueblo muy pobre— dijo sin mirar hacia atrás.
—De donde vengo yo también, señor. Somos todos muy pobres. Por eso si se nos enferman los animales…
El cura la interrumpió
—Y la iglesia es una institución que por sobre todas las cosas busca la justicia. Yo, personalmente, creo que el hambre es la mayor de las injusticias. Con hambre, los chicos no pueden estudiar. Con hambre, los adultos no pueden trabajar. Ni hablar de venir a misa. Con hambre, se puede pecar sin importarle a uno los castigos divinos. Con tal de conseguir algo de pan, algo de carne, de leche, se pueden cometer los peores sacrilegios.
Antonia escuchaba mientras caminaban cada vez más despacio. De vez en cuando el cura frenaba y se daba la vuelta para ver si la joven lo estaba siguiendo, si lo estaba escuchando.
—Hace unos años vivió una mujer en el pueblo. Era muy devota, muy muy muy devota. Vivía cerca de la plaza. Su marido trabajaba en el quebrachal, y ella cuidaba a los nenes. Tenían cinco. Todos chiquitos, creo que dos eran mellizos. Todos los domingos venían a misa. No faltaban un día, eh. Siempre, los siete. Se sentaban en la primera fila y escuchaban con atención. Ella se confesaba todos los fines de semana, y se sentía muy mal si alguna que otra vez cometía algún pecado menor o infligían alguna ley sin sentido. Me acuerdo que un sábado vino llorando porque su vecina se había comprado un vestido amarillo. ¿Qué tendrá de triste un vestido amarillo, no? —se dio vuelta, y miró a Antonia con una sonrisa que le provocó asco. —Me acuerdo que vino apurada. Vino caminando, casi corriendo desde su casa. Serán como dos kilómetros de acá. Cuando entró a la iglesia todavía no lloraba, pero apenas entró en el confesionario... Entró a llorar a lágrima viva. “Pero ¿qué pasa, hija? ¿Qué pasó?” me acuerdo que le pregunté. Y ahí es que me dijo, cortado, entre sollozos, que hacía un par de días su vecina se había comprado un vestido amarillo. Por un momento pensé que me iba a venir con que creía que había hecho un pacto con el diablo, o algo así… Por el amarillo, el azufre... —hizo una pausa esperando la respuesta de Antonia que nunca llegó— La gente acá cree en esas cosas… Pero no. Ella lloraba que daba pena; inconsolable. No le podía entender ni medio de lo que decía, se atragantaba con su propio llanto, con sus lágrimas, con los mocos. La mujer estaba hecha un desastre. Yo me asusté, me imaginé de todo. “¿Qué pasó, hija?” le volví a preguntar. ¿Y sabés qué me contestó? Que a su vecina le quedaba tan lindo, y ella vestida como una zaparrastrosa, que se gastaba toda la plata que ganaba su marido en comida para sus hijos, y que por un momento sintió mucha envidia. Y se quedó callada. Llorando, claro, pero no habló más. “¿Y qué más, hija?” le pregunté, esperando que me dijera que por eso le había robado una gallina, o la había maldecido, la había escupido en la cara, le había roto el vestido, no sé, algo. Cualquier cosa. “Nada más”, me dijo. Que cuando la vio con el vestido nuevo sintió envidia. Pero mucha envidia. Tanta envidia que deseó estar en su lugar. Sin hijos, con una casa arreglada: su marido trabajaba para el estado, o algo así, y ganaba un buen sueldito, me contó. Y después se sintió tan mal que tuvo que venir a verme. Sentía que había traicionado a su marido, a su familia. ¿Sabés qué le dije yo? “Mirá, Rosa (Rosa se llamaba esta mujer), la envidia es el menor de tus problemas”. Se quedó callada, la pobre. No entendía nada. Dejó de llorar, dejó de sollozar, solamente se escuchaba la succión de la nariz cuando se tragaba los mocos. No podía entender. “Vamos a ver”, le dije. “La envidia por sí misma es un pecado menor. Mientras vos no hagas nada con eso, no pasa nada”. ¡Y claro! La gente no entiende cuál es la función de los pecados. Algunos me dicen cínico, pero si vamos a ser honestos—para ese momento el cura obeso había dejado de caminar. Estaba agitado, y se había apoyado contra una pared para descansar—, todo eso de los pecados está muy bien, todo muy lindo. Pero ¿cómo podés esperar que una mina que no tiene un mango no envidie a su vecina que puede arreglar su casa y comprarse un vestido? Y eso es lo de menos. ¿Cómo podés esperar que un tipo que se rompe el lomo laburando en el quebrachal diez, doce horas por día, al sol, y apenas tiene para comer no envidie al capataz que va y viene de acá para allá en su camioneta cuatro por cuatro con aire acondicionado? Y por suerte que a los directivos y dueños de la empresa ni los conocen, porque si no… Pero bueno. Mi opinión (y esto es lo que le dije, más o menos, no tan crudamente) es que la función de la iglesia en estos páramos es la de mantener la civilización. Porque con la miseria que hay, si no fuera por nosotros —se señaló a sí mismo. A su cuerpo gordo recubierto en una sotana del tamaño de una sábana—, todos se estarían matando entre todos. Y muchos piensan: “este gordo es un cínico.” —se quedó callado. Antonia no emitió sonido— Muchos colegas míos que vienen desde San Salvador, o mismo desde Formosa y Resistencia me dicen: “Vos estás equivocado. Esa es la función de la policía, la de evitar que la gente se mate entre sí por un pedazo de pan, por un litro de leche para sus hijos, por un vestido amarillo. Nuestra función en la tierra es otra”. Pero ellos no viven acá. No saben que acá la policía está como quien dice de adorno. Hay dos patrulleros, un par de efectivos y el comisario. Yo los conozco a todos. Y son uno peor que el otro. El peor es el comisario, claro… Bueno, eso no importa. Yo creo que si no fuera por la iglesia, hasta los policías se matarían entre ellos buscando una tajada mayor—hizo una pausa, pensativo—. De hecho, lo hacen aunque estemos nosotros acá. Pero creo que si no estuviéramos sería todo mucho peor. Un día lo confesé al comisario, y si te contara… Pero te estaba diciendo que le dije a Rosa: “La envidia es el menor de tus problemas.”, le dije. “Porque ponete a pensar: acá todo el mundo es envidioso, es perezoso, siente ira, es lujurioso, y todas esas cosas. Lo importante es no hacer nada con eso que sentís: ¿Odiás a tu jefe porque te hace laburar por chirola? Está bien, odialo. Pero no le hagas nada, porque ahí estamos en problemas. ¿Estás cansado y preferís quedarte tomando una cerveza en vez de ir a la zafra? (¿Quién no peca de pereza, no?), está bien, rezá uno, dos, tres padrenuestros y un par de avemarías, pero trabajá. ¿Sentís envidia de tu vecina porque tiene un vestido amarillo hermoso? Sentila. Es imposible que no la sientas, si vos tenés un vestido viejo y rotoso. En estos páramos es imposible evitar los pecados. Ni hablemos de la avaricia, el orgullo, la gula y el peor, la lujuria. Todos somos pecadores en El cantor. Pero yo me conformo con que no seamos asesinos, no seamos ladrones. Con que no nos estemos matando unos a los otros todo el tiempo, yo me conformo”.

sábado, 24 de octubre de 2015

El entenado. Juan José Saer

“De esas costas vacías me quedó sobre todo la abundancia de cielo”.
El entenado.

Con esta frase empieza El entenado, de Juan José Saer: una novela en la que un anciano cuenta sus peripecias de juventud, cuando vagando por los puertos se embarcó en una expedición hacia América durante la cual muchos de sus compañeros resultaron asesinados y luego devorados por una tribu que, por alguna razón difícilmente comprensible, no lo asesinaron y comieron a él, sino que lo mantuvieron hasta que, diez años más tarde lo liberaron a manos de otra expedición que lo devolvió a Europa. El hecho de que esta novela esté basada en un acontecimiento histórico reconocible como la expedición de Solís al Río de la Plata, y su acción transcurra en el tan lejano siglo XVI, tiene una vinculación evidente con la problematización que hace en reiteradas ocasiones sobre la idea de la memoria, de su fiabilidad y de la posibilidad de la representación de hechos pasados.
Entre las primeras páginas de la novela el narrador afirma “que el recuerdo de un hecho no es prueba suficiente de su acaecer verdadero” (P. 40) para luego comparar la materia del recuerdo con la del sueño. Mientras vamos adentrándonos en la novela, en la vida de los indios americanos y en los recuerdos del narrador se ponen en tensión dos formas de concebir el mundo, dos cosmovisiones, que traen aparejadas dos formas de concebir la memoria. Por un lado, la de los indios, que viven presos del caos absoluto, que tienen que trabajar constantemente para que el mundo no sea tragado por la negrura, por el devenir que todo lo corroe, y que necesitan del narrador, del def-ghi para
“que duplicara, como el agua, la imagen que daban de sí mismos, que repitiera sus gestos y palabras, que los representara en su ausencia y que fuese capaz, cuando me devolvieran a mis semejantes, de hacer como el espía o el adelantado que, por haber sido testigo de algo que el resto de la tribu todavía no ha visto, pudiese volver sobre sus pasos para contárselo en detalle a todos (…). Querían que de su pasaje por ese espejismo material quedase un testigo y un sobreviviente que fuese, ante el mundo, su narrador”. (P. 191)

lunes, 20 de julio de 2015

Tristes Trópicos

Esa tarde las mujeres estaban más inquietas de lo normal. Las más jóvenes habían vuelto de la selva con unas hojas que, masticadas y hervidas, servían para hacer una bebida alucinógena muy potente. Los hombres estaban inmóviles junto al fuego, meditabundos. Miraban a las mujeres hacer el trabajo y esperaban. Todavía faltaban unas horas para el anochecer. Los niños corrían desentendidos junto al río potente y marrón. Las mujeres maduras se encargaban de la comida, mientras que las ancianas masticaban las hojas y las escupían en un cuenco de madera.
            La tarde era caliente y ruidosa. Los insectos estaban despertando de su sopor diurno y empezaban a atacar las pieles oscuras y curtidas de los hombres que yacían quietos junto al fuego. Los pájaros silbaban desde las ramas de los árboles y los peces en el río se acercaban a la superficie a intentar conseguir su alimento. Las ranas y las chicharras comenzaban a entonar su sinfonía diaria. La selva rugía su vida de atardeceres y anunciaba la llegada de una oscuridad engañosa que simularía quietud y calma pero ocultaría invisibles movimientos, amenazadores para los incautos pero de sobra conocidos para los hombres acostados junto al fuego, para las mujeres que alistaban la comida, para las ancianas que preparaban el brebaje, para los niños y las niñas que jugaban en la orilla del río.
            Esa tarde las mujeres estaban inquietas, y eso significaba que algo importante estaba por ocurrir. El concejo de ancianos se había reunido la noche anterior y habían fumado y cantado y bailado junto a un fuego solitario y secreto, en los confines de la selva. Después se habían acostado a la intemperie, en un claro donde los árboles no habían crecido, o habían sido derribados siglos atrás para contemplar al espíritu de la luna llena iluminando el mundo con su luz hecha de hielo y oscuridad. En ese claro yacieron, sin más compañía que la luna y el cielo estrellado. Y en ese cielo luminoso leyeron el mensaje. Y junto a ese cielo y a esa luna se quedaron a esperar que el sol ahuyentara los peligros y los miedos. Al amanecer volvieron al campamento y encargaron a las mujeres los preparativos, antes de irse a descansar.
            Ya el sol se había escondido por detrás de los árboles verdes e inmensos. Sólo las fogatas, que esta noche eran muchas, brindaban desinteresadas un poco de luz y calor. Los pescados ya se estaban asando en las brasas y la bebida ya había empezado a circular. La música ritual empezó a sonar por sobre la música natural de la selva nocturna. Los tambores pequeños y agudos, hechos con cueros de reptiles y los grandes y graves, hechos con cuero de vaca o de cabra; las maracas hechas con semillas, y las flautas hechas con ramas huecas de caña tacuara. La danza invocaba a los espíritus de la selva y la bebida alentaba su aparición. Todos bailaban, todos comían, todos tomaban del brebaje alucinógeno. De pronto la selva oscura empezó a florecer y a iluminarse. El río, marrón de día y negro por la noche se volvió del color del fuego, tomó su fuerza del sol y la irradió a sus orillas. Los sapos y las flautas, los pájaros nocturnos, los tambores, todo se unía para lograr una sinfonía cada vez más espléndida.
Algunos creyeron ver un murciélago negro y gigante surcando el cielo iluminado por la cálida luz del río. Todos se asustaron. Creyeron comprender el mensaje de los espíritus de la selva: el mensaje maligno de los espíritus buenos o el mensaje amenazante de los espíritus malignos que la noche anterior la luna había adelantado sólo a los sabios ancianos que la contemplaron en el claro de la selva. El anciano Miguel vio el fuego del futuro y la muerte de sus amigos y de su familia. Sintió el fuego en su estómago y la muerte en su corazón. Nadie supo por qué se tiró al río. Acaso para beber su agua helada y calmar el calor de sus tripas. Quizás fue por desesperación. Tal vez haya querido beber toda el agua del río, que era fuego, que era muerte, para salvar a su tribu. Algunos pensaron que el alma del anciano Miguel se había ido de su cuerpo antes de morir, y que fue ella quien surcó el cielo en forma de murciélago negro y gigante para advertirle a su gente del fuego y de la muerte y de lo monstruoso y ruidoso y de los árboles cayendo y sus casas desapareciendo.


La constructora ya había hablado con el gobierno, el gobierno ya había hablado con los indígenas, los indígenas habían aceptado. Los obligaban a abandonar sus tierras, eso estaba fuera de discusión. A cambio, les ofrecían unas hectáreas río abajo donde estarían más cómodos: tendrían cloacas, agua corriente, luz eléctrica; estarían cerca de la ciudad y de los almacenes y de los hospitales y de las escuelas. Ellos habían dudado, pero terminaron aceptando. Se fijó una fecha. Ese día, pasarían a buscarlos con los camiones y los llevarían a sus nuevos hogares. Ese mismo día, vendrían los hombres con las máquinas y empezarían a desmontar y a preparar el terreno y las inmediaciones para la construcción del estadio de fútbol.
       El día fijado, llegaron primero los camiones del ejército. Después, los hombres con las máquinas. Pero en vez de encontrar a un grupo triste de hombres y mujeres pobres y desnudos, esperándolos junto a sus casuchas destartaladas, entre el río y la selva, lo que encontraron fueron cenizas humeantes. No había gente. El único rastro de vida humana eran las cazuelas de las cuales la noche anterior habían estado bebiendo y las cenizas que estaban donde alguna vez habían estado las chozas. 
     Hubo un desconcierto general. No sabían qué hacer. ¿Empezar a desmontar? ¿Volver otro día? Esperaron unas horas hasta que algún coronel lejano dio la orden: proceder. No iban a andar preocupándose por un par de indiecitos que desaparecieron del mapa de golpe. Tenían cosas más importantes de qué encargarse, como combatir los disturbios que estaban habiendo en la capital, o  diagramar la organización del mundial de fútbol, por nombrar un par de ejemplos.

domingo, 28 de junio de 2015

La parte inventada. Rodrigo Fresán.

Yo no conocía a Rodrigo Fresán. No lo conozco, todavía. Hasta el año pasado, apenas había leído uno o dos cuentos suyos, sueltos, sin prestarles demasiada atención. Me habían parecido buenos, pero no mucho. Ahora, dos novelas y más de mil páginas después, sospecho que mi primera impresión fue errada.

                Yo no conocía a Rodrigo Fresán. No lo conozco todavía. Y cada vez que digo esto, recuerdo a una persona que bien podría haber salido de una de sus novelas. Lo único que supe de él es que era un vendedor de libros, o lo fue durante un tiempo. Sospecho que no más de una o dos semanas. La única vez que lo traté fue una tarde, en la vereda del parque Rivadavia, por donde paso casi todos los días. Él estaba con su mantita y sus libros disfrutando del sol declinante de la tarde. No lo había visto antes, aunque me aseguró que hacía dos semanas se acomodaba diariamente en esa vereda para vender los libros de su biblioteca. Tenía bastantes, y estaban ordenados prolijamente, casi con devoción. La mayoría eran libros muy buenos, y muchos eran difíciles de conseguir, o caros. Era raro encontrar esa selección en un puesto improvisado en la calle. Sin mucha lógica, me sentí un afortunado; como si esos libros estuvieran ahí sólo para mí. Entre tantos libros interesantes, hubo dos que me llamaron especialmente la atención: Entre Paréntesis, un libro póstumo de ensayos de Roberto Bolaño, y Mantra, de Rodrigo Fresán, pero en ese momento no tenía mucha plata encima. Como quien no quiere la cosa, le pregunté si me podía hacer precio por los dos libros, o por lo menos por el de Bolaño, que era el que más me interesaba. Se lo dije un poco actuando, como exagerando mi desazón ante la falta de dinero. El vendedor no accedió. Parecía enojado, casi indignado. Pero no porque intentara regatear, sino porque lo ofendía que prefiriera comprarle los ensayos de Bolaño antes que la novela de Fresán. Empezó a hablarme, a convencerme de que llevara el libro negro, con el muchacho enmascarado que me señalaba intimidantemente, y no el rojo con la foto aburrida del intelectual cruzado de brazos. No me acuerdo qué me decía; me acuerdo de sus gestos entusiastas, y que repetía constantemente: “La gente no sabe lo que es Fresán. La gente no conoce a Fresán”. Logró convencerme. Como el dinero no me alcanzaba, le pedí que me guardara Mantra, hasta el día siguiente, que iría a buscarlo y a pagarlo. Al día siguiente volví, a pesar de la lluvia que caía. Sabía que no iba a estar, pero ya estaba entusiasmado con el libro. Al otro día fue domingo, y aunque nuevamente acudí a la cita, el vendedor no apareció, y así día tras día, hasta que sucumbí a la tentación y lo compré nuevo en una librería, pagándolo más del doble. Al vendedor no lo volví a ver, aunque como dije, paso diariamente por esa vereda.

viernes, 20 de marzo de 2015

Ventanas iluminadas

                La noche oscura y silenciosa engaña con su apariencia de sosiego. Es un barrio poco céntrico de una zona del conurbano alejada de la capital, ahí donde la ciudad se disuelve y se funde con el campo; una zona que Borges, de vivir en este siglo, exaltaría con floridas palabras. Ni ciudad ni campo. Orilla.
La luz amarilla, cansada, del farol de la calle, parpadea y se apaga. Se mantiene apagada durante un tiempo largo y vuelve a prenderse para quedar así por unos segundos, y apagarse nuevamente después. Los árboles altos, la falta de luna y ese farol parpadeante vuelven más oscura a la noche. El silencio, en cambio, no necesita ayuda para presentarse con su modalidad de ausencia. No hay coches, no hay gente, no hay ruidos. Son las tres de la mañana y el barrio, la llanura pavimentada de negro, la ciudad diluida en campo, parece dormida.
                No llueve. Si lloviera, podría ser un escenario más propicio para un relato. Pero no: los elementos conspiran contra la literatura. No llueve, no hay viento, las ramas de los árboles no se mueven violentas, sonando sus hojas un poco secas en la lejana altura de las copas frondosas. Los elementos también pueden engañar, y de hecho lo hacen. La calma de la noche silenciosa y oscura, potenciada por la tranquilidad meteorológica, da la impresión de que en este lugar, en esta noche, no hay nada interesante que contar, no pasa nada y nada merece ser dicho. Y aunque a veces una calle oscura y silenciosa, apagada y tranquila del conurbano puede ser algo digno de ser contado, por más que nada pase, no es éste el caso. Algo pasa, aunque no parezca. Algo hay que contar, aunque todavía no lo sepamos. Y ese algo, pasa al otro lado de una ventana iluminada que muestra, a pesar de la hora tardía y noctámbula, la existencia de vida, la presencia de gente despierta en esta noche dormida.
                En el aguafuerte Ventanas iluminadas, Arlt afirma que “no hay nada más llamativo en el cubo negro de la noche que ese rectángulo de luz amarilla…” y se pregunta luego: “¿Quiénes están allí dentro? ¿Jugadores, ladrones, suicidas, enfermos?”. Siempre algo pasa dentro de una ventana iluminada en medio de la noche.

miércoles, 18 de marzo de 2015

Deshecho

La noche era negra y triste. Desoladora. Los pasos lentos y pesados de Herrera no se oían retumbar sobre el gastado asfalto. Si hubiera alguien en la calle en ese momento, de seguro rehuiría su presencia, como lo habían hecho su mujer y sus hijos seis meses atrás, como lo había hecho su socio hacía tres semanas, llevándose con él todo el dinero que habían invertido, como lo había hecho el Pata después de entregarle el arma. No sabía cuándo se había convertido en un ser indeseable, inexistente para el resto del universo. Hacía unas horas, sin ir más lejos, el Pata, quien fuera su amigo y compañero de secundaria, le había vendido un arma usada, se la había entregado y lo había despedido sin siquiera un: Espero que no hagas ninguna estupidez, ni ningún gesto de preocupación. Mientras le abría la puerta de salida, en vez de despedirse, contaba el dinero una y otra vez. Ahora ese revólver estaba en el bolsillo de su campera. Le había costado casi la totalidad de sus ahorros. No era demasiado, pero tampoco era muy poco. Esa plata ya no le servía: su idea había sido ahorrar para mudarse a una casa mejor, en la que sus hijos no tuvieran que compartir habitación, que fuera más luminosa o que estuviera más cerca del centro, tal vez. O para invertir en el negocio que había emprendido con Mazzone hacía un año. Pero esa plata ya no le servía para nada. Su mujer se había ido de un día para el otro, sin explicación, llevándose a los chicos. Una tarde, Herrera había vuelto del trabajo y había encontrado la casa deshabitada, el ropero vacío, un florero roto. No necesitó preguntar más. Nunca supo dónde se había ido, cómo estaban sus hijos; no intentó averiguarlo. No tenía fuerzas. Y esa misma falta de fuerza, de carácter, había terminado por hartar a Mazzone quien una tarde le lanzó el ultimátum: Si esto no reflota, yo me voy a la mierda, viejo. Vendo todo, recupero la guita y a otra cosa mariposa. Y lo había hecho, nomás. El negocio no había reflotado y una mañana, cuando Herrera llegó al local que alquilaba junto a su socio, como un deja vù trastocado y perverso, encontró el lugar vacío. No había nada. Mazzone había vendido todo y se había quedado con la guita. Con toda la guita, la de los dos. Como su mujer, su socio había desaparecido del mapa.
Como un augurio de oscuridad, al pasar bajo un farol frente a la puerta de su casa, Herrera escuchó un zumbido y de pronto se encontró sumido en la negrura, en la incertidumbre, en la invisibilidad. No tardaron mucho sus ojos en acostumbrarse. Buscó las llaves de la casa y entró. Adentro sintió el olor a suciedad, a polvo, a dejadez. Al pie de la escalera angosta, de madera, buscó un cigarrillo. Le quedaban pocos. Se sentó en el último escalón a fumarlo, quieto y desganado. Miró hacia la puerta de la habitación que había compartido con su mujer. Estaba abierta, pero no se veía el interior oscuro y deshabitado. La puerta de la habitación de sus hijos no se llegaba a ver. Tampoco la cocina, aunque en el silencio total se podía sentir el goteo lejano de la canilla.

lunes, 9 de febrero de 2015

Mantra. Rodrigo Fresán

Imposible catalogar, definir al libro Mantra, de Rodrigo Fresán. Es extraño, incompleto, inconexo, fragmentario, extenso. ¿Es una novela? ¿Son muchas? ¿Son innumerables cuentitos de diferente extensión, que comparten ciertos rasgos? ¿Son sueños? ¿Son divagaciones literarias, metafísicas, reflexiones sin sentido, ironías, chistes, juegos de palabras, o alguna otra cosa?

                Lo que permanece, pervive, en la mayoría de los “fragmentos” de este libro es:
-Un narrador tumoral, alucinógeno, obsesivo, muerto, habitante de Mictlán, el inframundo mexicano, quien observa por un televisor marca Sonby desde su infierno personal (acompañado por Joan Vollmer, quien en vida fuera mujer de William Burroughs) escenas que transcurren en Tenochtitlán (a.k.a.)[*] México D.F. (a.k.a) Ciudad de México (a.k.a.) Distrito Federal (a.k.a) D.F. (a.k.a.) Nueva Tenochtitlán del Temblor.
-Una familia: la todopoderosa familia Mantra, del D.F., dueños del imperio de cine y televisión MantraVisión, productores de innumerables y exitosas telenovelas mexicanas; sus principales miembros son Lupita Delmar y Carlos Carlos, padres de Martín Mantra, un joven prodigio cinematográfico devenido guerrillero armado sin más sentido que el de lograr la película total, que abarcara absolutamente todo, denominada Mundo Mantra; Martina Mantra, nadie habla de ella. No existe. Nunca existió; Max Mantra, el abuelo de Martín Mantra, fundador de la dinastía, mafioso, conservador, orgulloso, presunto asesino de Kennedy; Mamabuela Mantra, la mujer de Max; María-Marie, prima de Martín Mantra; Jesús Nazareno y de Todos los Santos Mártires en la Tierra Fernández (a.k.a.) Black Hole (a.k.a.) Mano Muerta, ex luchador enmascarado, existencialista y cineasta, no forma parte de la familia, pero es empleado por Max Mantra luego de sufrir una lesión y no poder continuar con su pasión: la lucha libre.
-Una remitente, una segunda persona, María-Marie Mantra, semi amnésica, mitad mexicana mitad francesa, quien fuera pareja en vida del narrador, perteneciente a la familia Mantra (aunque no lo recordara, y sus filiaciones fueran cuestionables).
-La ciudad de México, obviamente. Una ciudad descolocada, en la que transcurren episodios  inconcebibles y muchas veces verdaderos (o basados en historias reales).

viernes, 23 de enero de 2015

La luz mala

El monte a su alrededor estaba oscuro. Engañosamente quieto. La luna todavía no había salido. Hacía una hora por lo menos que había oscurecido totalmente. “Serán las nueve, nueve y media.” pensó. Tenía hambre y tenía sed. Tenía calor. La temperatura agobiante del día todavía no empezaba a bajar. Con sus ojos acostumbrados a la oscuridad casi total, intentó enfocar el horizonte, allá, a lo lejos. Las luces del pueblo, o de alguna casa perdida. No había nada, ningún estímulo que impresionara a sus ojos. Solamente oscuridad. En cambio, en su boca tenía el gusto de la tierra seca, del polvo, de la sed. Sentía el olor del anochecer de verano que subía lentamente desde el suelo hacia su nariz.  En sus oídos zumbaban los mosquitos y otros insectos. La leve brisa zumbaba también. Las ramas moviéndose, los pastizales. Algún que otro animal lejano emitía sus chirridos. Y sin embargo, eso era el silencio. La piel de sus brazos, oscura, sucia y transpirada sentía una reminiscencia del ardor del sol del mediodía; sentía cómo casi imperceptiblemente la temperatura del ambiente se iba volviendo cada vez más tolerable. En su mano derecha estaba, contradictoriamente presente, el recuerdo del machete, la vibración de la empuñadura gastada rebotando contra su mano que lo aferraba con fuerza, después de las arremetidas constantes de la hoja filosa contra las cañas de la plantación. Sus piernas sentían el suelo. Caminaba. Despacio, con cuidado atento. Los peligros del monte le eran familiares. Lo que desconocía eran los peligros de la oscuridad. Y no podía iluminarse con nada. Correría el riesgo de ser visto. Cuidaba cada paso. Pisaba, despacio primero, tanteando el terreno, apoyando todo el peso después. En esos montes había víboras, había arañas, había alacranes. Aunque no sería placentero, encontrarse con alguno de esos bichos era lo menos peligroso que le podía pasar.

                De pronto, algo estimuló sus sentidos. La temperatura era considerablemente más baja. Sintió el ruido de las ramas, muchas y muy altas, bamboleándose por la brisa. El ruido de pájaros nocturnos anidando en aquellos árboles que imaginó imponentes. El olor a tierra húmeda. Mojada. Estaba, indudablemente, en las proximidades de un río. Perdió el reparo, caminó rápido, tanteando esta vez con sus brazos, intentando evitar golpearse contra los árboles. Reconoció el tronco obeso y pinchudo de un palo borracho, la corteza rugosa de un algarrobo añejo, la madera uniforme y dura, que imaginó rojiza, de un quebracho. Se sintió protegido al reparo de la arboleda lindante al río. Pasaría ahí la noche. Descansaría un poco. Después ya vería qué hacer. Encendió un pequeño fuego con ramas secas que encontró en el piso y la luz esclareció su situación: estaba en una arboleda a la vera de un río no muy ancho. Se acercó con cuidado, y recogió un poco de agua en el cuenco de sus manos. Sorbió sin importarle el fuerte gusto a tierra ni el color marrón, ligeramente colorado. Sorbió dos, tres, cuatro, cinco veces, hasta saciar un poco la ardiente sed que fatigaba su rugosa garganta. Se paró, tranquilo, contemplativo. En calma. Miró el horizonte. El fuego que había prendido no iluminaba demasiado, pero con los ojos tan acostumbrados a la oscuridad total, era como un sol en miniatura. Se veía el lecho del río, circundado por árboles altos y vitales. Se veía el pastizal, interrumpida su monotonía por algún algarrobo solitario. Giró sobre su propio eje para ver hacia atrás, pero la luz del fuego lo cegó y no le permitió ver más allá en aquella dirección. Encandilado, los ojos no habituados a tanta luz le ardieron, por lo que se vio obligado a cerrarlos. De nuevo sin ver, caminó. Sintió la proximidad de la fogata por el calor que de ella manaba. Sin abrir aún los ojos, sintió el ruido de pasos. Sintió el miedo en sus venas. Abrió los ojos. A varios metros de distancia, vio a un burro acercándose. Lo podía distinguir perfectamente. Era un burro dócil. Viejo. Ensillado. ¿Qué hacía un burro solo, con cabalgadura, en medio del monte? Pasó, indiferente a él y fue hacia el río a beber agua. A lo lejos escuchó voces. Dos personas conversando, tranquilas. No se distinguía lo que decían. Todavía estaban lejos, y él todavía no llegaba a verlos. ¿Ellos lo habrían visto a él? No se iba a arriesgar. Pateó las ramas encendidas del fogón, les arrojó tierra seca hasta acallar las llamas y se fue caminando rápido, sin cuidado, bordeando el río. El burro rebuznó al verlo alejarse. Eso le pareció mala señal. En el horizonte, creyó ver la luz mala. Era la luna que, por fin, estaba saliendo.

viernes, 26 de diciembre de 2014

El libro, el gaucho, el mundo

                Iba pensando en otras cosas cuando encontré el libro. Estaba en uno de los cajones de Literatura argentina del puesto 62 del Parque Rivadavia, entre un Martín Fierro y un Facundo. Buscaba, pasando libro tras libro como inconsciente, casi sin mirar, mientras hablaba con mi novia sobre un cuento de Saer que había leído hacía unos días y que ella había leído la tarde anterior. El cuento nos había fascinado a los dos, pero ella pensaba una cosa y yo otra. No me acuerdo bien en qué era en lo que no nos podíamos poner de acuerdo. Mientras le decía algo de la concepción de Saer sobre la realidad o alguna de esas cosas, encontré el libro. Me quedé callado. Ella reclamaba que siguiera hablando, que no me interrumpiera así como así en medio de una discusión. Se lo mostré. Entendió el silencio. Se calló también, un poco fastidiosa. Toda la gente que estaba en ese momento en el parque se calló. Los autos en la avenida con sus bocinas, los pájaros en los árboles con sus cantos, los chicos en el colegio cercano con sus gritos, los skaters con sus skates, los punkis con sus cervezas y sus tachas, las viejas con sus caniches, los libreros con sus radios, los vendedores de juegos programas películas con sus pregones. Todo enmudeció. Me acerqué en silencio y sin mostrar demasiado entusiasmo al librero. Le pagué. Guardé el libro en la mochila. Volvió el ruido, y las bocinas y los cantos de los pájaros y los gritos del colegio y los skates de los skaters y las tachas de los punkis y los caniches de las viejas y las radios de los libreros y los pregones de los vendedores de juegos programas películas series.
                Nos sentamos en una mancha verde oscura de césped en el interior del parque. La sombra de un pino inmenso evitaba que el sol de fines de diciembre nos calcinara vivos. Ella tenía su libro, y yo el mío. Recién comprado. Mientras ella preparaba el mate, yo saqué el libro de su envoltorio de celofán y lo hojeé. Las hojas estaban amarillas, oscuras. Muy frágiles, quebradizas. Y manchadas. Levanté la vista. Ella no me miraba. Cebaba con cuidado el mate mientras abría su libro sobre los orígenes del movimiento obrero en Argentina. Evidentemente, la discusión sobre Saer estaba zanjada y ella estaba ofendida. Ni siquiera me había felicitado por mi nueva adquisición. Lo venía buscando hacía años, y por fin lo había encontrado. Tomé el primer mate y abrí el libro en la primera página. Le devolví el mate vacío y por algún impulso extraño, quise ver en qué año había sido impreso el  libro. Abrí la última página y, para mi asombro, leí lo siguiente: “Este libro terminó de imprimirse en la ciudad de Uqbar en el mes de Septiembre de 1947.”. Tenía que ser joda. Y una bastante original, la verdad. Me había pasado una vez ya leer un libro impreso en el futuro: en marzo del 20011, dentro de 18000 años más o menos. Pero uno impreso en una ciudad de ficción era la primera vez. Levanté la cabeza para comentarle la picardía de la imprenta a mi novia, pero la vi tan linda, tan seria, tan ensimismada en su lectura, tomando notas y tomando de a poco el mate que estaba muy caliente y humeaba. La escuchaba sorber y respirar. Escuchaba el lápiz anotando cosas en el margen del libro. No quise interrumpirla. Se lo podía contar dentro de un rato. Volví a bajar la vista y abrí la primera página. Antes de empezar a leer, sentí una presencia extraña a mi lado: un hombre, parado junto a mí, disfrazado de gaucho, me miraba seriamente.

jueves, 11 de diciembre de 2014

El amante de la China del Norte. Marguerite Duras

Esta reseña empieza diferente a las anteriores. No voy a decir que es una novela escrita en 1990 por Marguerite Duras, escritora francesa, nacida Marguerite Donnadieu en la colonia francesa de Indochina, actualmente formada por Camboya, Laos, Birmania, Tailandia y Vietnam, escenario donde transcurre la acción. 
                Voy a decir que el libro estaba en mi casa. Que yo no lo compré, o por lo menos no intencionalmente. Puede que fuera de mis padres y haya caído en mis manos de casualidad. Antes de leerlo, no tenía idea de quién era su autora, ni nunca había oído hablar de ella o del libro. Sí había oído hablar, en cambio, de la corriente del Nouveau Roman, o del Objetivismo Francés y estaba interesado en conseguir algún libro de ellos (sobre todo de Robbe-Grillet), para ver por fin cómo plasmaban en el papel esa propuesta tan interesante: para poder concebir, imaginar, a un narrador objetivo, casi como un ojo, solo una perspectiva narrando la percepción no de las cosas sino de los escorzos, la descripción de lo que entra en un campo visual bien determinado, sin interpretación ni introspección, sin exceder a lo que desde un sitio se puede ver. Un narrador cinematográfico.
               Cuando me enteré de que Marguerite Duras era, sino un miembro vitalicio del grupo, una escritora muy cercana, con aportes notables, al Nouveau Roman, no dudé en ponerme a leer el libro. Con la emoción del descubrimiento de un escritor totalmente nuevo, con la intriga y la ignorancia, leí el libro en dos días. Después del primer día, busqué en internet algo más de información del libro y de la autora porque formalmente me pareció de lo más original. Y no por el narrador objetivista, inédito para mí, sino por estar lleno de oraciones como estas:

“Ella es la que no tiene nombre en el primer libro ni en el que lo había precedido ni en éste”

“Es un libro.
Es una película.
Es de noche.
(...) La voz que habla aquí es, escrita, la del libro.
Voz ciega. Sin rostro.
Muy joven.
Silenciosa.”

“En la película, no se llamará por el nombre este vals. En el libro, aquí, diremos: el Vals desesperado. (…) A la chica, en la película, en este libro, aquí, la llamaremos la Niña.”

“De la limusina negra acaba de salir otro hombre que el del libro, otro chino de Manchuria. Es un poco distinto al del libro: es más robusto que él, tiene menos miedo que él, más audacia. Tiene más belleza, más salud. Es más 'de cine' que el del libro. Y también se muestra menos tímido que él ante la niña.”

domingo, 7 de diciembre de 2014

El hombre que llegó a un pueblo. Héctor Tizón

El hombre que llegó a un pueblo es una novela breve de Héctor Tizón, publicada por primera vez en 1988. En el prólogo de 2004, el propio Tizón resume la trama de la novela: “El relato, como se verá, trata de un vagabundo, una especie de mesías canalla que en su huida llega a un pueblo perdido e ignoto. (…) En el desierto, donde todo es vislumbrado desde lejos, es imposible ocultarse. Le queda entonces encerrarse en un pueblo, pero para ello debe aceptar el papel que los demás quieran atribuirle”. El vagabundo, el hombre que llegó a un pueblo, cuyo nombre nunca se nos cuenta, es un mesías canalla. Su única habilidad es la de la palabra. Es un gran orador, un embustero, un mentiroso; es, sobre todo, un poeta: “él tenía ese don reconocido, esa facilidad para acertar con las palabras, o para poner una junto a la otra sin más sentido que el de su música secreta. De haber vivido en el sur quizás hubiera llegado a gobernante o a ingeniero, pero aquí no, porque en estas tierras las palabras sólo sirven para cantar y sólo se canta lo que está perdido.”. Se nos cuenta la historia de una persona que huye, con un libro y unas zapatillas en la alforja; que tiene un don, una facilidad para poner una junto a otra las palabras sin más sentido que el de su música secreta, con la única finalidad del canto, del sonido, y no la del sentido.
          Este hombre mentía, cantaba “tan sólo porque la mentira era más rica que la mera verdad y resultaba más fácil y creíble.”. Preso en un mundo en el que cada vez importaba menos el sentido, en el que las palabras cada vez tenían menos utilidad, la única posibilidad terminó por ser el silencio. Por eso, hacia el final se nos cuenta que el hombre “ocupaba su tiempo (…) en la poesía. No en escribirla sino en componer versos mentalmente.”. No escribía, componía versos y no los cantaba. Callaba. “El hombre flaco envejeció como todos y jamás volvió a dirigir la palabra en forma directa a ninguno (…). Al cabo de los años ya casi nadie sabía cómo ni cuándo el hombre había llegado al pueblo”. El poeta, el orador que, al llegar al pueblo no pudo convencer a la gente de que él no era el cura que hacía años estaban esperando; que no pudo convencerlos de negar el desarrollo económico que presuponía trabajar en la construcción del camino y del puente que unirían al pueblo con el resto del mundo a costa de sacrificar tantas otras cosas, terminó aceptando el papel que le atribuyeron, se terminó convirtiendo en otro, aunque la diferencia no fuera tal ya que en realidad, como dice él mismo en un determinado momento, “todo es igual, pero son distintas las palabras que lo cuentan.”.

sábado, 6 de diciembre de 2014

La vida breve. Juan Carlos Onetti

La vida breve es una novela emblemática de Juan Carlos Onetti. Aparecida en 1950, es una obra fundamental en el programa artístico del escritor uruguayo porque es la que narra el origen, la que justifica y fundamenta la existencia del universo santamariano, que retomará en la mayor parte de su obra posterior. La vida breve, igual que Niebla, de Unamuno, Seis personajes en busca de autor, de Pirandello, o que gran parte de la obra de Macedonio Fernández, es una novela que mezcla y pone en un mismo plano a la realidad y a la ficción; o, para ser más exacto (aunque menos interesante), inventa una ficción adentro de la ficción y las mezcla, confunde y pone en el mismo plano. En la novela aparece el mismo Onetti, lo mismo que Unamuno aparece en Niebla, pero en este caso, el uruguayo no aparece como EL autor del plano ficcional en cuestión, sino como un personaje más que le alquila una oficina a Juan María Brausen, personaje principal y narrador de la mayor parte de la novela quien pasa por un momento de crisis en su vida: la novela comienza con Brausen en su habitación, imaginando cómo quedará la cicatriz, el cuerpo de su mujer, Gertrudis, luego de la operación de ablación de mama que deben llevarle a cabo, y cómo se llevará con ella después de eso; más adelante narra un tiempo de penosos e inútiles intentos de seguir adelante con la pareja, que termina disolviéndose; además de esto, y a pesar de intentar convencer a su jefe y a su compañero de trabajo, y de intentar salvarse desarrollando la idea para un guión de cine, terminan por despedirlo de su trabajo. A raíz de esta crisis, inventa a dos personajes ficcionales: Arce y Díaz Grey. El primero, es una personalidad falsa que se inventó para seducir a su nueva vecina sin revelarle su identidad. El segundo, el personaje del guión que se propuso escribir, pero nunca terminó. Poco a poco estos dos personajes ficticios irán ocupando el lugar de Brausen, lo irán anulando para volverse ellos los protagonistas de la novela y de su vida. La ficción aparece como una manera de Brausen de escaparse de los problemas, convirtiéndose de a poco y cada vez más en Arce, naufragando en el mundo ficcional de Santa María, de Díaz Grey, Elena Sala, Lagos, el inglés y la violinista.
A lo largo de la novela Brausen parece tener una fe incontrovertible en el poder de las palabras de cambiar, de transformar la realidad, el mundo loco en el que vive, a pesar de que una y otra vez éstas se demuestran trágicamente impotentes, se demuestran falsas. Y a pesar de esto, Brausen confía en ellas, intenta convencerse de que son poderosas, negar su impotencia. En un momento, hablando de su mujer, el narrador dice que ella descubrirá “que las palabras (…) no se habían amontonado, sólidas, elásticas y victoriosas, para formar la mama que faltaba”. Frente a esto, se propone describir a un personaje de su guión como su mujer antes de la operación. Dice: “esperé confiado, las imágenes y las frases imprescindibles para salvarme”. Y unas líneas después: “Gertrudis tendría que (…) aguardar su turno en la antesala de Díaz Grey, entrar en el consultorio, hacer temblar el medallón entre los dos pechos (…)”. Las palabras imprescindibles para salvarlo son aquellas que sí le devuelven la mama que le faltaba a su mujer.  En la segunda parte de la novela le dice a su amigo Stein: “La palabra —asentí—; la palabra todo lo puede. La palabra no huele. Transforme el querido cadáver en una palabra discreta y poética (…)”. Como si fuera poco, las palabras que no pueden cambiar su realidad, terminan por tomar su lugar, por aniquilarlo y por ser él. A lo anterior, Stein responde: “—Esa frase, esa broma, esa manera de hablar… Este no es Brausen. ¿Con quién tengo el honor de beber?”.

viernes, 21 de noviembre de 2014

Piglia lee mi blog

A Ricardo Piglia lo conocí una tarde de lluvia en Adrogué. Me invitó un café por lástima y estuvimos charlando un buen rato.
Yo había ido a llevar a una amiga hasta su casa. Estaba lloviendo mucho y como tenía el auto en la puerta, le ofrecí llevarla; ella, sin dudarlo mucho, aceptó. Después de dejarla me tuve que desviar un poco de mi recorrido usual porque la calle estaba inundada. Sin que el azar tuviera que intervenir demasiado, en menos de 10 minutos me había perdido.
 Los días soleados, Adrogué es un lugar digno de admiración: las casas antiguas, las calles empedradas y los árboles inmensos dan la sensación de estar en otra época, en un lugar calmo y tranquilo, tal vez sin luz eléctrica ni coches a motor. Pero los días de tormenta, Adrogué es un lugar muy parecido a tantos otros del conurbano: las casas se mojan, las calles se inundan, los árboles se caen, el cielo es gris y todo está oscuro. A esto tenemos que sumarle que todos los vidrios de mi auto estaban empañados y que no tenía ni idea de cómo volver a mi casa. La lluvia caía de arriba abajo, pero también de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. El ruido del limpiaparabrisas inútil y del agua golpeando con fuerza sobre la chapa del auto me hacían doler la cabeza y encima (¿por qué negarlo?) tenía un poco de miedo de que cayera un hermoso y robusto pino centenario de esos que adornan las pintorescas veredas de Adrogué encima del coche conmigo adentro.
Inesperadamente, en una esquina alejada de cualquier indicio de civilización, vi un barcito. O más bien una cafetería. Por entre los vidrios empañados del coche, se veía el cartel luminoso: “Ramos” se llamaba, o algo así. Las luces estaban prendidas, así que estacioné donde pude y entré. Pensaba quedarme un rato hasta que pasara la tormenta. No había salido con plata de casa, y en los bolsillos tenía lo necesario para pagar menos de medio café. Confiaba en la piedad del empleado para que me dejara sentarme hasta que amainara la tormenta, y en el libro de Onetti que por esas cosas curiosas de la vida sí había agarrado antes de salir de casa, para entretenerme. El lugar estaba casi desierto. Me senté en una mesa y en seguida vino el mozo, un tipo gordo, asmático, que respiraba con un jadeo pesado.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Maldición eterna a quien lea esta reseña. Intervenida por Ana Serrano


Maldición eterna a quien lea estas páginas es una novela de Manuel Puig, publicada en 1981 y ambientada en los últimos días del año 1977 y los primeros de 1978. Fiel al estilo de Puig, el narrador es muy débil, casi inexistente. Lo único que hace es presentarnos a dos personas hablando, durante casi toda la novela: este narrador particular nos pone casi directamente frente a los personajes. No hace acotaciones, no dice nada. La única participación activa es la de dividir la novela en dos partes de casi idéntica duración que no tienen más nombre que "primera parte" y "segunda parte", a la vez que la de poner las reglamentarias líneas de diálogo cada vez que cambia el personaje que habla y puntos suspensivos cada vez que la persona que se espera que responda no lo hace, quedándose en silencio. Hacia el final, en el último capítulo, el narrador transcribe, sin hacer ninguna acotación ni explicación, algunas cartas que dan una conclusión a la novela.

Lo que me llamó mucho la atención no encontrar, y que está muy presente en el resto de la obra de Puig, son las alusiones al mundo del Pop Art, de Hollywood, sus galanes y sus vedettes, al mundo de las amas de casa pueblerinas de primera mitad del siglo XX y los personajes intencionalmente estereotipados del hombre, macho, trabajador, seductor y violento; la mujer ingenua, soñadora, que se ocupa de la casa y vive para servirle al marido; el niño inteligente, apasionado, ignorante, homosexual.

El padre de Larry sí forma parte del primer estereotipo. En cualquier caso, tengo la impresión de que Puig no siempre utiliza necesariamente estos estereotipos tan marcados (en otras novelas suyas aparecen, pero no como totalidad). ¿El niño inteligente apasionado e ignorante, con la excepción de la orientación sexual, no lo encarnaría Larry? Es un personaje ingenuo y con gran necesidad de aprobación y de conocimiento que busca respuestas a través la religión. Su propia inteligencia lo apartará pronto de la teología, interesándose poco a poco por otras cuestiones como el marxismo y el psicoanálisis. (¿Como al propio Puig?). 

En cierto sentido, puede trazarse una relación clara entre Maldición eterna a quien lea estas páginas y El beso de la mujer araña, sobre todo por su carácter explícitamente político y alusivo a la represión estatal, pero creo que la trama de El beso... es mucho más interesante y atrapante, (descontando su carácter experimental, con las notas al pie, postulando hipótesis y haciendo referencia a teorías científicas sobre la homosexualidad, que la convierten en una novela más versátil, mucho más interesante aún), mientras que la de esta novela es un poco más simple, sin perder, por ello, su complejidad. Es cierto que la trama no es difícil de reponer, pero también es cierto que deja muchas incógnitas sin respuesta (sea esto positivo o no).

Sin entrar en detalles por el momento (aunque seguramente más adelante escriba sobre ello), esto se puede ver como que “el autor deja muchas incógnitas sin respuesta” pero también como que el autor deja varias respuestas con las incógnitas a medio delinear. Mi sensación es más la de no saber cuál de las varias opciones ambiguas que el autor nos ha ido dejando me parece mejor para completar las respuestas, o si incluso (y mejor aún) la idea es que puedan servir todas.

sábado, 25 de octubre de 2014

Maldición eterna a quien lea estas páginas. Manuel Puig.

Maldición eterna a quien lea estas páginas es una novela de Manuel Puig, publicada en 1981 y ambientada en los últimos días del año 1977 y los primeros de 1978. Fiel al estilo de Puig, el narrador es muy débil, casi inexistente. Lo único que hace es presentarnos a dos personas hablando, durante casi toda la novela: este narrador particular nos pone casi directamente frente a los personajes. No hace acotaciones, no dice nada. La única participación activa es la de dividir la novela en dos partes de casi idéntica duración que no tienen más nombre que "primera parte" y "segunda parte", a la vez que la de poner las reglamentarias líneas de diálogo cada vez que cambia el personaje que habla y puntos suspensivos cada vez que la persona que se espera que responda no lo hace, quedándose en silencio. Hacia el final, en el último capítulo, el narrador transcribe, sin hacer ninguna acotación ni explicación, algunas cartas que dan una conclusión a la novela. Lo que me llamó mucho la atención no encontrar, y que está muy presente en el resto de la obra de Puig, son las aluciones al mundo del Pop Art, de Holywood, sus galanes y sus vedettes, al mundo de las amas de casa pueblerinas de primera mitad del siglo XX y los personajes intencionalmente estereotipados del hombre, macho, trabajador, seductor y violento; la mujer ingenua, soñadora, que se ocupa de la casa y vive para servirle al marido; el niño inteligente, apasionado, ignorante, homosexual. En cierto sentido, puede trazarse una relación clara entre Maldición eterna a quien lea estas páginas y El beso de la mujer araña, sobre todo por su carácter explícitamente político y alusivo a la represión estatal, pero creo que la trama de El beso... es mucho más interesante y atrapante, (descontando su carácter experimental, con las notas al pie, postulando hipótesis y haciendo referencia a teorías científicas sobre la homosexualidad, que la convierten en una novela más versátil, mucho más interesante aún), mientras que la de esta novela es un poco más simple, sin perder, por ello, su complejidad. 
Es cierto que la trama no es difícil de reponer, pero tambien es cierto que deja muchas incógnitas sin respuesta (sea esto positivo o no). Hay capítulos enteros en los que solamente uno de los personajes habla y frente a eso, sólo se leen los inexpresivos puntos suspensivos que no explicitan si el otro personaje está efectivamente en la habitación o si el primero está alucinando, o soñando, o qué; hay ocasiones en las que uno de los personajes se asusta, empieza a actuar de un modo que, al no haber explicaciones por parte de un narrador convencional, no se entiende si es justificado o si simplemente se volvió loco; hay un capítulo entero, solamente uno, que parece extraído de otra novela. En ese capítulo, en el que se mantiene el aspecto formal del diálogo, pero nuevamente sin ninguna explicación, nos encontramos frente a dos personajes que, si bien son similares a los que venían conversando en los capítulos anteriores, están en otro contexto histórico, geográfico y político. Al terminar este capítulo, se vuelve a la "normalidad", los personajes vuelven a ser los mismos y sus situaciones también, como si no hubiese pasado nada.

sábado, 18 de octubre de 2014

Homenaje

Cuando se agachó para buscar la ramita, sintió que se mareaba y le bajaba un poco la presión. Su nariz, por la debilidad súbita que inundó todo su cuerpo, pero sobre todo las piernas incómodamente flexionadas, se acercó hasta casi tocar el pasto un poco crecido. El mareo le hizo cerrar los ojos un instante y una imagen perturbadora que sin embargo no llegó a reconocer, pasó, sin ser llamada, como un relámpago frente a su consciencia. Cuando los volvió a abrir, aún agachado, no vio más que minúsculos cuerpos marrones oscuros, casi negros, de infinitas formas y variada consistencia, apretados, casi unidos por no se sabe bien qué extraña potencia, magnética o gravitatoria, casi sin espacio entre sí, cubiertos y rodeados de tiras verdes, largas y uniformes, verticales que se alejaban como escapándose o buscando, en otro sitio, quién sabe qué otra cosa que no encontraba en ese lugar. Mientras va sintiéndose mejor, distingue lo que se le presenta no ya como un conjunto de minúsculos fragmentos marrones o negros sin demasiada forma ni consistencia, sino como un continuo, un poco más oscuro y húmedo que hacía unos instantes, del que brotan y crecen unos bastones cuya base es más bien rectangular y cuya punta podría perfectamente ser considerada, y llamada en consecuencia, triangular. Al agacharse y acercarse a la masa marrón oscura que llamaba, sin preguntarse muy bien ni las razones ni los límites de esa nomenclatura, tierra, se dio cuenta de que de ella no brotaban solamente bastones, o tiras verdáceas, algunas más claras que otras, que llamaba sin cuestionar demasiado las razones o la legitimidad de esa nomenclatura, pasto o césped, sino que brotaba también un olor profundo y penetrante del que era imposible precisar exactamente la procedencia, pero que sin dudas venía desde el conjunto que formaban esa masa no del todo homogénea como para merecer un solo nombre, y esos bastones o tiras verdáceas, rectangulares en la base y más puntiagudos los extremos, demasiados para ser llamados en singular. La imagen que se le apareció sin pedir permiso, como un relámpago, recordó ahora, mientras aún estaba agachado porque había tenido, hacía no más de uno o dos segundos, la intención de levantar una ramita que había visto en el suelo y que pensó que podía llegar a serle útil, y había actuado al respecto encorvando un poco las piernas y la espalda, agachando el cuello y la cabeza, y extendiendo un poco la mano derecha, era una imagen de su niñez. En su cabeza, o donde sea que hubieran aparecido esas imágenes, ahora veía, nítida, la imagen de su madre, con una manguera en la mano. Recordaba, o creía recordar, ya que la imagen se había presentado tan impredecible y fugaz como un relámpago, que ésta era la reproducción de una situación de su niñez en la que él, castigado por no recuerda qué travesura, veía desde la ventana abierta de su habitación, en una calurosa tarde de verano, a su madre con una manguera en la mano, regando las plantas del jardín. Recordó, entonces, o creyó recordar, que aquel olor que subía desde un sitio imposible de precisar tanto entonces, cuando él era niño, castigado por no recuerda qué travesura, como ahora, siendo un adulto que se agachó para recoger una rama del suelo, que aquel olor, decía, era, si no el mismo, ya que sería imposible asegurarlo, muy similar al que ahora exhalaba aquel conjunto extraño e indefinible marrón y verdáceo, a veces más claro y seco, otras más oscuro y húmedo, que llamaba sin preguntarse el fundamento y sin demasiada precisión, tierra y pasto, o, siendo un poco menos específicos, jardín.
                Colocó la ramita recién recogida sobre la montañita de ramas, papel de diario y carbón que se apilaba sobre la estructura de ladrillos. Buscó en sus bolsillos y, con un chasquido hábil, habituado a la acción por repetirla al menos 15 veces al día, giró, con el dedo gordo, la piedra, haciendo que ésta generara una chispa, inmediatamente antes de que el mismo dedo, en su contracción ininterrumpida, presionara, como automáticamente, el botón negro que libera el gas inflamable, causando una explosión, primero, y una llamarada constante, después. Acercó el encendedor al papel de diario y, sin dejar de presionar, lo acercó también al cigarrillo que ya tenía sujeto entre los labios a la vez que aspiraba, absorbiendo el humo generado por el papel y el tabaco a unos centímetros de su cara, pero también por las maderas que ya empezaban a crujir y a humear desde la parrilla. Exhaló el humo y ese gusto un poco salado, en su boca, esta vez, por más que hubiera querido e intentado con toda su voluntad, no le remitió a nada.